Sebastián Arango Náder
En esta campaña presidencial presenciamos un espectáculo lamentable de periodistas y “expertos” que asumieron un rol de activistas electorales. No me refiero a aquellas voces públicas que abiertamente se han declarado afines a uno u otro proyecto político. Hago referencia a aquellos periodistas o personajes, reconocidos hasta ahora como “expertos”, que en estos meses de campaña se han alineado con la retórica y los fines electorales de alguna de las campañas.
Es cierto que todos tenemos sesgos o preferencias políticas que influyen en la forma en que interpretamos el mundo. En el caso del periodismo, se espera que su trabajo se base en hechos reales, demostrables y, de haberlas, que sus orientaciones políticas sean claras y abiertas al público. Algo similar sucede con aquellos personajes que son consultados en medios de comunicación como expertos o autoridades en temas de la actualidad nacional e internacional. Queremos escuchar o leer sus análisis, valorando que parten de visiones o creencias individuales. Pero en ninguno de los dos casos esperamos encontrar un activismo electoral en el que traten de convencernos de votar por uno u otro candidato, y menos, de reforzar el discurso del miedo, o de la dicotomía entre la vida y la muerte, que le ha sido útil a los objetivos electorales de las campañas.
En ese panorama, es lamentable la forma en que estas personas decidieron participar abiertamente en la campaña. Desde ambos espectros políticos, decidieron replicar la retórica extremista que se ha implantado en el debate público. En ese sentido, me han sorprendieron (o no) las declaraciones de una de esas personas que, en un espacio de opinión, afirmaba que el voto por el candidato al que ella calificaba de “fascista” justificaba pelearse y distanciarse de ese votante, así fuera su familiar o amigo. Resulta lamentable que esta persona, reconocida y consultada como experta en asuntos de derecho y libertad de opinión, revele posiciones tan radicales y sectarias que no le permiten ver en el contrario a millones de personas que, sin ser “fascistas”, se oponen a sus posiciones políticas. Ello sin olvidar el caso de una candidata-directora de medio que, desde la otra orilla política, ha contribuido a la pugnacidad y a la polarización política en épocas de elecciones.
No olvidaremos que muchos de esos personajes que posaron de “expertos” hace unos años terminaron como funcionarios, de los más radicales y sectarios, del gobierno que está próximo a terminar. Reitero que lo lamentable no son las voces plurales y de disenso. Por el contrario, en una democracia, son necesarias. Lo desafortunado es que, después de la campaña, esas personas de las que esperamos un análisis serio y ecuánime, basado en la experticia técnica o el rigor periodístico, ya revelaron su faceta extremista y sectaria del fanatismo político.
