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lunes, mayo 20, 2024

La violencia del campo, a la ciudad

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Víctor Zuluaga Gómez

Columnista

Si hacemos un recuento histórico de la violencia, podemos decir que los actores y los escenarios han sido distintos en la actual Colombia. Primero fue la llegada de los españoles, a tomar posesión de las tierras que el Pontífice del momento les había obsequiado, como representante de Dios en la tierra. La sangre del indio y de los africanos reducidos a la esclavitud, corrió por todo el continente.

Llegó la independencia, liderada por los hijos de los españoles, tal como en su momento lo ratificó Camilo Torres, cuando le dirigió al Rey el Memorial de Agravios en donde decía que: “Los naturales (indios), Señor, son muy pocos o casi nada…”. Y tenía razón, pues ya casi los habían aniquilado.

El siglo XIX lo recordamos como un verdadero campo de batalla por las innumerables guerras civiles que enfrentaron a Santanderistas y Bolivarianos, a Federalistas y Centralistas, a Latifiundistas y Comerciantes. Un paisaje corriente era observar cómo después de la misa dominical en los  pequeños pueblos, había grupos armados que capturaban a jóvenes para enrolarlos en los ejércitos. Cuando se hace lectura del libro “El río corre hacia atrás”, podemos enterarnos de los padecimientos del campesino y el artesano que sin tener ni idea de los objetivos de sus Generales, derramaban su sangre en la batallas. Y de otro lado, colonos pobres que luchaban por adquirir terrenos para su vivienda y cultivos para su sustento.

El siglo XX, luego del final de las “Guerra de los Mil Días”, doloroso por la muerte de Gaitán y el enfrentamiento brutal entre Liberales y Conservadores.

En todas estas etapas, la ciudad, teniendo en cuenta que Colombia era eminentemente rural, la violencia en ellas no tuvo la connotación que ha tenido en las circunstancias que estamos viviendo en el presente.

En el pasado, bastaba decretar el “Estado de Sitio” y de inmediato la fuerza pública entraba a controlar la situación. Hoy, cuando  las ciudades han crecido y hay una población joven que no es analfabeta y la circulación de información nos pone al tanto de lo ocurrido en Chile, en Bolivia, en Ecuador, en Venezuela, la polarización se incrementa.

Finalmente, la pobreza y la crisis por la pandemia, han sido el detonador de la situación que vivimos. Ojalá que la clase dirigente supere la miopía y se produzcan reformas significativas que nos permitan consolidar un país equitativo y solidario. Digamos, ¡basta ya! al odio y la violencia.

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