Walter Benavides Antía
La raíz histórica y conceptual entre el árbol recto y el árbol torcido se encuentra en la obra de Zhuangzi, uno de los pensadores clave del taoísmo en la antigua China.
Su famosa parábola del “árbol inútil” (el árbol Shu) establece el contexto para entender la compleja relación entre la utilidad aparente y la mortalidad inevitable. Zhuangzi relata que el maestro carpintero Shih, junto a su aprendiz, se topa con un roble colosal de formas retorcidas que sirve como un refugio local para la comunidad. Mientras el aprendiz se asombra por el tamaño monumental y la grandeza del árbol, el carpintero, influenciado por una perspectiva meramente utilitaria, lo desprecia llamándolo “madera inútil”. Para el carpintero, sus ramas son tan retorcidas que no pueden utilizarse para construir vigas rectas, y su tronco es tan nudos que no sirve para hacer ataúdes, barcos ni ningún mueble. Esa misma noche, el árbol Shu se le presenta en sueños al carpintero Shih y le revela su esencia: si el árbol hubiera sido “útil”, o sea, si hubiera contado con la rectitud geométrica, la textura uniforme y la maleabilidad que la industria humana codicia, habría sido cortado y talado en su juventud. La “inutilidad” del árbol, caracterizada como su total incapacidad para ajustarse a los criterios de valor utilitario del carpintero, fue precisamente la protección que le permitió alcanzar una longevidad divina. Al actuar como un santuario sagrado, el árbol torcido trasciende lo material y no puede ser consumido, explotado o talado con fines profanos. Físicamente, el árbol existe en el mundo humano, pero, debido a su forma imposible, no se encuentra bajo las lógicas destructivas del comercio de ese mundo. Para Zhuangzi, juzgar al árbol torcido con los limitados estándares convencionales y terrestres de la humanidad (es decir, por la cantidad de tablas de madera que puede proporcionar) es un error. En la parábola, el carpintero (la sociedad consumista) ve al árbol recto únicamente como un recurso (madera para construcción); en contraste, se reconoce el valor sagrado del árbol torcido simplemente por su existencia y su capacidad para mantenerse fiel a su naturaleza.
El refrán popular expresa un análisis sobre las estrategias de supervivencia y el modelo de la producción capitalista. En un mundo centrado en la utilidad, el beneficio y la maximización del rendimiento, la “rectitud”, entendida como la adaptabilidad, la productividad y la conformidad institucional, se convierte, sin duda, en una sentencia de muerte. El individuo “recto” es utilizado por la maquinaria social, mercantilizado por su valor de uso y finalmente consumido como un recurso fungible, es decir, como madera. Por el contrario, el árbol “torcido”, que en el ámbito humano representa la autenticidad radical, la divergencia, la inutilidad estratégica, el pensamiento no calculador y la resistencia al modelo, asegura la preservación del ser como un fin absoluto en sí mismo.
@walterbenavidesantia7484
