La tierra no se mueve

*Por: Elkin Andrés Heredia Ríos

Después de más de un mes del terremoto, podemos pensar en alguna lección. Está bien si preguntamos por lo importante: ¿qué sentido tiene la aspiración humana de ser feliz tras un acontecimiento de esta naturaleza?

En 1755 ocurrió el terremoto de Lisboa, causando la muerte de 100.000 personas. Unas décadas antes, el filósofo Leibniz había postulado una idea bastante llamativa, la que sostenía que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Oddo Marquard, un filósofo contemporáneo, plantea que esta es la primera gran idea de la felicidad que nos heredó la modernidad europea. Básicamente consiste en la frase: “Dios sabe por qué hace sus cosas”. 

Unos días después del terremoto, el filósofo Voltaire escribió un poema en el que preguntaba con gran ironía si acaso Lisboa era una ciudad más pecaminosa que París para que le ocurriera lo que le sucedió. Su idea era que el mal del terremoto no podía tener ninguna justificación racional, pues: ¿cómo es que Dios les envía a miles de personas inocentes un sufrimiento inmerecido? Meses después, Rousseau, respondió a Voltaire señalado que el terremoto era un mal, pero no un mal provocado por la naturaleza o por Dios, sino como efecto de la forma de organizar nuestra vida en ciudades aglomeradas. 

Marquard nos dice que la segunda gran idea de felicidad tiene que ver con lo señalado por Rousseau: el que es feliz es el que sabe compensar el sufrimiento con la posibilidad de actuar de otra manera para superar ese mismo sufrimiento. La felicidad como compensación. La tierra hace parte del absolutismo de la realidad; nada podemos hacer frente a sus maneras de perseverar en la existencia; sin duda, nos puede provocar mucho sufrimiento. Rousseau quiso mostrar que, si hacíamos algo diferente colectivamente, el sufrimiento cobraba una existencia diferente.

Obviar que existimos sobre un suelo que nos determina es solo renunciar a nuestra propia responsabilidad de hacer las cosas de otro modo. La tierra, dijo el gran filósofo Edmund Husserl, no se mueve, puesto que es el suelo originario que determina todos nuestros proyectos y aspiraciones; no podemos superarla (pace Elon Munsk). La tierra hace con nosotros lo que quiere y no podemos trascenderla. No se mueve porque siempre va con nosotros.

Compensar su impredecibilidad solo puede pasar por nuestra capacidad de coordinarnos con su absolutismo. Para eso, no tenemos más medios que la cultura, la ciencia y la universidad. Entonces: ¿nos podemos imaginar una reconstrucción sin atender a nuestras principales herramientas? Hay que tener cuidado justo ahora, porque Rousseau denunció que los que hacen las ciudades tienen en gran estima al dinero. 

*Docente Universidad Católica de Pereira.

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