Walter Benavides
Mantener una buena percepción es fundamental para sostener el clima de negocios y el dinamismo del sector comercial y manufacturero de Pereira. El costo de la violencia y la inseguridad equivale hasta al 11.6% del PIB global, reflejándose en primas de seguro más altas y una brecha persistente entre el PIB observado y el potencial de la región. No basta con capturar delincuentes; es necesario gestionar la ciudad para que el delincuente no tenga oportunidades y el ciudadano no tenga miedos.
La implementación de programas de prevención situacional es prioritaria, representadas en tres puntos: recuperación y expansión del alumbrado público en barrios críticos; intervención en lotes baldíos, basureros y zonas de maleza para transformarlos en espacios deportivos o culturales; la inversión en la modernización del sistema de cámaras de seguridad.
Las autoridades deben liderar la narrativa informativa. No se trata de ocultar las cifras negativas, sino de contextualizar los eventos: publicar información detallada y desagregada que permita al ciudadano entender que el riesgo no es uniforme en toda la ciudad; enseñar a la ciudadanía a verificar la información que recibe por redes sociales para evitar alarmismos innecesarios y simplificar los canales de denuncia.
Mujeres y los adultos mayores reportan niveles de inseguridad significativamente más altos, a pesar de que los hombres jóvenes son las principales víctimas de homicidio. Las mujeres enfrentan riesgos específicos como el acoso y la violencia sexual en espacios mal iluminados. Además, las redes sociales de apoyo comunitario puede ser un arma de doble filo: si bien genera cohesión para prevenir el crimen, también aumenta la circulación de noticias negativas que disparan el miedo. Los indicadores muestran que Pereira está ganando la batalla contra el hurto y la delincuencia común en términos estadísticos. Sin embargo, el reto de la percepción sigue vigente debido a los altos homicidios en el área metropolitana, la influencia masiva de las redes sociales y el deterioro persistente de ciertos entornos físicos. Para cerrar la brecha entre la cifra y el sentimiento, Pereira debe profundizar en una política de “seguridad humana” que no solo cuente capturas, sino que recupere la luz en las calles, transforme los baldíos en parques y reconstruya la confianza con el ciudadano a través de la transparencia y la participación. Solo cuando el pereirano sienta que el parque de su barrio es suyo y no del delincuente, la estadística de reducción de delitos dejará de ser una cifra en un papel para convertirse en una realidad de vida. La seguridad es, en última instancia, la libertad de vivir sin miedo, y ese es el indicador que realmente definirá el éxito de Pereira en los años venideros.
