18.9 C
Pereira
sábado, junio 22, 2024

La resignificación pedagógica del acto educativo

Es tendencia

- Advertisement -

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Somos seres históricos, sujetos culturales, no simples productos creados en serie, estandarizados, formateados, objetivados. Nos educamos para apropiarnos de la historia y la cultura. Somos producto de experiencias anteriores, de encuentros y desencuentros atesorados a lo largo de muchas generaciones. Vivimos en espacios y tiempos expuestos a toda clase de condicionamientos, determinaciones e interacciones. Nos apropiamos de la historia y la cultura a través del interaprendizaje producto de las múltiples interrogaciones que hacemos al mundo y a la vida; de las muchas maneras como nos dejamos interpelar por las realidades cotidianas que vivimos; de nuestra inventiva y creatividad expresada en los planteamientos alternativos que hacemos para transformar las dramáticas y agobiantes situaciones que a diario vivimos y, para ser más y vivir más…

El abordaje y la solución de un problema puede verse desde una doble perspectiva: como un enfrentamiento con las incertidumbres de cada día y como una actitud activa ante situaciones nuevas que piden ingenio y creatividad. Es entonces cuando se desarrolla en nosotros esa capacidad para relacionar los conocimientos adquiridos, contextualizarlos y andar tras la búsqueda de otros nuevos. Debemos igualmente, educar para reconocer, aceptar, desmitificar y resignificar. Al hacerlo, podemos enfrentar textos y contextos socioculturales de manera analítica, crítica, creativa y propositiva; identificar paradigmas anacrónicos llenos de verdades absolutas y certidumbres. Se trata de pasar de ser un consumidor de textos y contextos a ser un lecto – escritor crítico y propositivo de los mismos con metalecturas y narrativas que desentrañen la intencionalidad de sus autores.

Darle una significación al acto educativo, implica incorporarle y compartirle sentido a lo que hacemos desde la dimensión “glocalizante” de la cultura y, comprender a su vez, el sin – sentido de ciertas propuestas educativas y culturales. De esta manera, relacionamos y contextualizamos discursos e impregnamos de sentido las diversas practicas educativas que discurren en y desde la cotidianidad. Una educación con sentido educa protagonistas, seres para los cuales todas y cada una de sus conceptualizaciones, actuaciones y proyecciones (re) significan algo para su vida y la vida misma. Es esa significación asuntiva, responsable y comprometida es el punto de partida para mirar crítica y creativamente el mundo propio y el de los demás… Implica cambiar nuestra realidad y nos obliga, a su vez, a pensar cómo educamos para la expresión como acción exteriorizadora.

Se trata de sacar fuera lo que se tiene dentro; comunicar, manifestar, hacer público lo nuestro. Sin expresión no hay educación. Sabemos que “quien no se expresa, se represa”, se reprime, es objetivado y suprimido; está sujeto a que le impriman un sentido como si se tratara de una materia arcillosa; está expuesto a que lo compriman y lo depriman. Darle sentido a lo educativo no es solo un problema de comprensión sino, sobre todo, de expresión. Cuando faltan las palabras que están íntimamente ligadas con las acciones, faltan también los pensamientos libertarios. La capacidad expresiva no es una donación de quien se juzga sabedor de la expresividad. Es, más bien, una conquista. Nos (de) muestra fluidez discursiva, claridad, coherencia, seguridad, riqueza y belleza en el manejo formal de los diferentes lenguajes que atraviesan los exuberantes parajes de la existencia.

www.gonzalohugovallejo.com

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -