Rodrigo Ocampo Ossa
La India el país más poblado, la mayor democracia y la cuarta economía del mundo tiene como casi todos los demás países un grave problema de corrupción. Hacia principios del mes de mayo los aspirantes a las 130.000 plazas para ingresar a estudios de medicina iniciaron una protesta por la venta rampante de los exámenes de admisión, hecho que condujo a varios suicidios. Surya Kant, presidente del Tribunal Supremo los llamó cucarachas. Ahí fue Troya. En vez de amilanarse los despreciados inconformes montaron un partido político al que llamaron precisamente el “Partido de las cucarachas” y en menos de dos meses llegó más de veinte millones de afiliados que pedían la dimisión del ministro de educación y y pusieron contra las cuerdas al gobierno que inicialmente despreció la protesta como un fenómeno de redes sociales, pero ante la creciente ola de indignación, el pasado viernes destituyó al ministro y concedió a los manifestantes todo lo que pedían. Esa novedosa y lejana historia se está replicando de muchas maneras en todo el mundo donde la gente del común está harta de funcionarios corruptos. Lo muestran la rebelión de los argentinos contra el clan de los Kirchner, la de los ecuatorianos contra el fugitivo Correa, la de los coreanos que acaban de condenar al ex primer ministro Han Duck-soo, los venezolanos felices con la detención de Maduro y, en pleno furor, la de los españoles contra el partido socialista que encabeza Pedro Sánchez. Y bueno, está la de los colombianos que contra todo pronóstico derrotamos el corrupto modelo del pacto social, derrota explicable solamente como resultado de una protesta silenciosa, imposible de acallar o torcer con el reparto descarado de dinero público o la ayuda del terror. Parece que aquí también está naciendo un partido de cucarachas contra los corruptos.
