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jueves, febrero 22, 2024

La parábola del corcho

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UTOPIAS

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Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Cierto día, un joven licenciado decidió viajar a su pueblo natal, visitar su antigua escuela y saludar a su muy recordada maestra. Al entrar al “salón de clases”, las evocaciones se agolparon en su mente. La vio allí, en el mismo lugar, “atrincherada” detrás de su escritorio pidiendo a gritos: “¡silencio!”, a unos estudiantes ruidosos a quienes poco les importó los llamados lastimeros de la profesora y la llegada del joven pedagogo. El cuadro era caótico y desolador. Fue entonces cuando decidió poner en práctica lo que había aprendido en la universidad y retribuir en algo los cuidados y el cariño que en el pasado le había profesado aquella inolvidable mujer. “Buenos días a todos. Soy un viejo alumno de mi querida profe y creo poder ayudar en algo”, dijo el juvenil maestro después de escuchar los lamentos de la anciana preceptora quien confesaba su impotente y fallida labor didáctico–pedagógica.

La maestra quedó sorprendida al ver que el joven profesor poco le importó la eterna cantinela modular del MEN con sus viejos estándares asignaturistas y sus idílicos indicadores de logros. Toda su atención, al igual que la de sus pupilos, se centró en un diminuto corcho que alguien había abandonado en un rincón del aula. Lo tomó entre sus manos y empezó a hacer algunas preguntas que, de inmediato, fueron respondidas por los curiosos pupilos. ¿De dónde salió? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su valor comercial? ¿Cómo, en dónde y quiénes lo podrían fabricar? ¿Alguien quizá recordaría alguna historia, relato, fábula o anécdota en torno a tan insignificante artefacto? ¿Se podría elaborar algún relato, poema, refrán o tonada sobre tan singular elemento? Fue así como se inició un sugestivo diálogo en el cual participaron con sus gráciles, ocurrentes y recursivos aportes.

El recurrente maestro recordó las viejas lecciones que había aprendido en unos ajados textos que nadie consultaba en la biblioteca de su alma máter. La magia del “Lenguaje total” de Francisco Gutiérrez y Franz Hinckelamer renacía con todo su esplendor didáctico, en la plática socrática de aquel joven instructor. La geografía, historia, música, economía, literatura y otras tantas asignaturas, adquirían su signo, brillo y sentido curricular en la grácil “lectura estructural” matizada por la espontánea gama de rutilantes denotaciones y connotaciones, toda una policromía de saberes y sentires en que quedó revestido aquel humilde y descolorido salón de clases. Al final del memorable encuentro, la maestra agradeció conmovida el grato, furtivo y oportuno aporte pedagógico brindado por el profesor y las novedosas estrategias de aprendizaje utilizadas en aquel encuentro matinal.

Pasó el tiempo y el profesor volvió a la escuela a reencontrarse con su mentora y pudo ver cómo el tiempo se había detenido en aquel centro escolar. Nuevamente la vio allí, arrinconada en el viejo escritorio. Desde esa contrahecha barricada, seguía estableciendo su fingida relación de poder sobre aquellos despistados y revoltosos estudiantes. “Mi querida y muy respetada profesora”, fue el saludo efusivo del perplejo tutor. “¿No se acuerda de mí y de nuestro grato encuentro?”. “¡Claro que sí!  ¿Cómo olvidarlo? -respondió de inmediato la atribulada y desesperanzada señora-. Aun recuerdo tan memorable charla y lo atentos que estuvieron mis muchachos ese día. He querido hacer una clase así de agradable e interesante, pero no sé qué hacer. Qué bueno que haya regresado para contarle que no encuentro el corcho y preguntarle algo… ¿dónde lo dejó?”.

gonzalohugova@hotmail.com

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