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lunes, mayo 27, 2024

La llegada del tango a Colombia

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La Vorágine

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El nacimiento del tango en Argentina, en la última década del siglo XIX, está muy cerca de su llegada a Colombia —entre los años de 1908 y 1911— cuando aparecen en Bogotá artículos periodísticos sobre su arribo a París. El diario La Crónica de Bogotá, entre otros, publica un artículo con el nombre de «Nuevo baile en París, se llama Argentino Tango». 

Además de la contemporaneidad son varias las razones que explican la inusitada fuerza con que el tango se insertó en la cultura popular colombiana. Cronológicamente mencionemos  los siguientes: El éxito en Europa de este nuevo género musical garantizó el interés por parte de los sectores más aristocráticos del país que estaban al tanto de lo que se ponía de moda en París. Fueron también las letras sensibleras que hablan de las alegrías y penas de la vida, unidas a los acordes del bandoneón, el violín, la guitarra y el piano las que anclaron en un país como Colombia, en plena revolución industrial y dispuesto a imitar a los países vanguardistas. 

Otra razón de su auge y no menos importante fue el hecho de que los discos de tango importados desde Europa y Estados Unidos y de paso hacia el Río de la Plata entraban a Colombia de contrabando por Puerto Colombia o Buenaventura, creándose un mercado negro de grandes proporciones. La inexistencia de una industria fonográfica en nuestra tierra fue determinante para la penetración de la música argentina.

Según Hernán Restrepo Duque (2012), el tango llegó a Colombia manipulado por las empresas grabadoras de discos; a los colombianos el tango nos lo metieron como «venenito». Los discos de 78 revoluciones, que eran los que existían en aquel entonces, venían en forma tal que por una cara traían un tango y por la otra una canción de la tierra, por lo regular de autores antioquenos […] De esa manera, el tango nos llegaba envuelto en un papel nacionalista. Las gentes oían el bambuco de moda o el pasillo que acababa de componer el maestro Vieco o la danza del maestro Calvo, volteaban el disco y hallaban una historia tremenda en los tangos que entonces nos venían. 

Restrepo Duque pone énfasis también en el tango que llegaba de Estados Unidos con grabaciones de cantantes de otras nacionalidades hispanas. En algunos casos se trataba de cantantes de ópera (Margarita Cueto, Juan Pulido o, más tarde, Carlos Julio Ramírez) o de cuplé́ (Pilar Arcos, que grababa las canciones de Rosita Quiroga que se vendían en Colombia). Un ejemplo sorprendente es la primera versión del tango Mi noche triste (que llegó al país junto a un pasillo colombiano en la otra cara del disco) grabada por un mexicano, Carlos Mejía. A este tango se le cambió la letra original para despojarlo del lunfardo —jerga desconocida en nuestra patria— y adaptarlo a un español neutro:  el «Percanta que me amuraste» del comienzo se lo reemplazó por «Ingrata que me olvidaste».

Más que en otras regiones de Colombia, Antioquia y el Eje Cafetero fueron donde el tango se anidó con mayor facilidad. Algunos sociólogos han querido explicar este hecho argumentando que los efectos positivos y negativos del progreso acelerado y todas las contradicciones que implicó el milagro paisa se expresaban con fuerza en las letras del tango. Sin embargo la visita de Gardel a Medellín en su gira mundial con la RCA Víctor y su muerte accidental en esta ciudad fueron un elemento muy sólido que detonó la pasión por el tango que profesan los paisas y cafeteros. Argentina perdía a su ídolo y Colombia iniciaba un culto a este cantante y a su música.

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