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viernes, abril 12, 2024

La leyenda negra del escorpión

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Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Este símbolo antediluviano de vida y muerte hace presencia en los más disímiles lugares de la tradición oral y escritural. En inscripciones, códices e imágenes del viejo Egipto se perfila como símbolo de poder: Serket, diosa protectora de Nefertiti, envía siete escorpiones para defender a Isis de Seth. Los antiguos habitantes del río Eúfrates lo describían mitad hombre y mitad animal. El poema del “Gilgamesh” habla de escorpiones humanos custodiando el amanecer y el ocaso. Entre los griegos era el vengador de Artemisa y el eterno persecutor de Orión. Una famosa escultura romana muestra a un escorpión pellizcando los testículos del toro Mitra. El relato legendario siempre rodeó su temida y grácil figura (“Una especie de serpiente, de cara tierna, comparable al semblante de una virgen casta”, así lo define Konrad von Megenberg en su “libro de la naturaleza”).

Su nacimiento de cocodrilos fallecidos, su resurrección del vinagre, o su temida égida como los reyes de la noche y los cancerberos de la muerte en la mitología celta, son algunas creencias que se unen a otras narradas por Aristóteles, Plinio el viejo o Paracelsus. Una fábula antiquísima narra con cierta ironía cómo el escorpión, para cruzar el lago, se acerca a una rana y le pide que lo traslade en su lomo. La rana resguardada en la ingenua logicidad del sentido común, se niega a hacerlo: “me vas a picar”, le dice. Aquél la convence con un argumento muy razonable: “si te pico nos ahogaríamos los dos. ¿Cómo voy a hacer tal cosa?”. En mitad del lago, la rana siente el pinchazo de su aguijón. Antes de hundirse junto a su ingrato pasajero, ésta le reclama: “¿por qué me picaste? ¡Moriremos los dos!”. El escorpión perplejo responde: “no lo pude evitar, es mi naturaleza”.

El escorpión forma parte de la mítica cultura popular: colocar un anillo de su cola y engarzarlo en un collar para que nunca falte el amor; usar su cola como amuleto para salir victorioso en la pelea; morder una lima o un cuchillo con el filo hacia adentro para que el dolor de su picadura desaparezca; enterrar su cola para no morir por causa de su veneno. La novela negra del peruano Isaac Goldenberg (“Acuérdate del escorpión”), nos trae una profunda reflexión sobre los prejuicios y los sórdidos abusos del poder; la brasileña Bruna Surfistinha (“El dulce veneno del escorpión”), registra el diario íntimo de una joven prostituta y “Bajo el signo de Escorpión”, del sueco Jüri Lina, vetado en USA por denunciar la sórdida relación entre el sionismo y la secta de los Illuminati, ejemplifican la acendrada presunción de que, la literatura logra lo que no puede la ciencia: “hacer pensable el mal”.

“Las memorias del Escorpión” es texto clave para comprender la larga égida de las dictaduras latinoamericanas a partir de la semblanza que hizo el escritor Efraín Enrique Gamón sobre Alfredo Stroessner, sátrapa cruel que gobernó a Paraguay durante 35 años desde 1954. Esta obra ha sido comparada con el trabajo de Hannah Arendt (“La banalidad el mal”) filósofa alemana de origen judío quien intentó comprender el fenómeno del autoritarismo. Hay pues una carga ética, etnográfica, ecológica, política y literaria que se esconde detrás de su inveterada existencia y su controvertida figura metafórica. Cuenta una leyenda urbana que, cuando la gran catástrofe nuclear haya destruido toda forma de vida planetaria, al igual que nuestro fatuo y jactancioso poder humano, sólo los sigilosos escorpiones, habitantes del inframundo, ascenderán a la superficie y reinarán por siempre.

www.gonzalohugovallejo.com

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