Víctor Zuluaga Gómez
Bien vale la pena recordar una de las tantas reflexiones que aparecen en El Principito y que dice: “si yo hubiera tenido la madurez que tengo hoy, no hubiera fallado tanto…Si no hubiera fallado tanto no tendrías la madurez que tienes hoy”.
Uno de los aspectos que es necesario resaltar, a raíz de los desastres causados por el reciente sismo que padecimos, es la solidaridad, el apoyo que recibieron quienes fueron víctimas de tal suceso.
Y el trabajo en equipo, y el sentimiento solidario fue lo que les permitió a unos antropoides convertirse en “homo sapiens”. Pero con frecuencia se olvida que la felicidad se logra cuando se viven en un entorno en donde la colaboración, el apoyo y la empatía, constituyen los factores que permiten el logro de ese estado de felicidad.
De hecho, cuando afloran los intereses económicos, la envidia, la eliminación de aquellos que piensan diferente, entonces el panorama se torna gris, tal como lo podemos observar en las guerras que en este momento se están presentando entre varios países. Aflora entonces el egoísmo y el querer imponer en todos los que se encuentran a nuestro lado, una manera de pensar, de sentir, igual a las nuestras. No aceptamos una convivencia en donde esté presente el respeto por la diferencia.
No olvidar la lección será una tarea del colectivo, para que esa solidaridad, continúe presente, tal como nos lo recuerda Hernando Gómez Buendía: “Ahí está la lección más profunda del terremoto. La tragedia despertó una solidaridad que ya existía entre nosotros. Durante unos días volvimos a experimentar algo que la polarización, la desigualdad y la violencia suelen ocultar: pertenecemos a una misma comunidad y nuestras vidas están entrelazadas. Llegará el día en que los escombros hayan sido retirados, las carreteras estén reconstruidas y las familias vuelvan a tener un hogar. Entonces comenzará una tarea más larga: conservar algo de lo que apareció entre las ruinas”.
Pereira, la “querendona, trasnochadora y morena”, sentó las bases de un civismo, de un compromiso ciudadano, que le ha permitido convertirse en un lugar ansiado, soñado para vivir. Ese espíritu es el que debemos preservar, incrementar desde el hogar, en los centro educativos y en todos aquellos espacios en donde hay interacción ciudadana, por medio del ejemplo.
