Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
España recibió estos días a dos personajes capaces de movilizar multitudes: el Papa León XIV y Bad Bunny. Y viendo las imágenes de estos días, no pude evitar quedarme pensando. Durante años hemos escuchado que España se volvió atea, que los jóvenes ya no creen, que la Iglesia está desapareciendo, que la fe es cosa del pasado. Sin embargo, las calles de Madrid se llenaron de cientos de miles de jóvenes que fueron a encontrarse con el sucesor de Pedro. Y hay un detalle que me llamó especialmente la atención. Mientras miles de personas asistían a los conciertos de Bad Bunny, muchísimos jóvenes decidieron hacer algo completamente distinto: caminar hasta donde estaba el Papa, participar de la oración y quedarse horas escuchando una propuesta que no prometía entretenimiento, sino encuentro con Cristo.
Pero lo que más me impresionó no fue la multitud. Lo que más me impresionó fue el silencio. Ver tantos jóvenes arrodillados ante Jesús Eucaristía, adorando, rezando, escuchando. En una época donde todo es ruido, pantallas, prisas y distracciones, encontrar a miles de jóvenes haciendo silencio delante de Dios es una de las imágenes más esperanzadoras que he visto en mucho tiempo. Y entonces pensé: tal vez nos hemos apresurado demasiado cuando decimos que los jóvenes ya no buscan a Dios. Porque sí lo buscan.
Tal vez no de la manera que nosotros esperamos. Tal vez no dentro de los esquemas de siempre. Pero siguen teniendo hambre de sentido, de verdad, de amor auténtico y de algo más grande que ellos mismos. Por eso este acontecimiento es una buena noticia para la Iglesia y para el mundo. Cristo sigue tocando corazones. La Iglesia sigue viva. Quizás mundo no está tan lejos de Dios como algunos creen. Quizás el Espíritu Santo sigue haciendo su trabajo silenciosamente. Y quizás, después de todo, todavía nos queda mucha esperanza. Porque mientras haya un joven dispuesto a dejar por un momento el ruido del mundo para ponerse de rodillas delante de Jesús, la fe seguirá teniendo futuro.
La Iglesia sigue haciendo lío. Y gracias a Dios, sigue haciéndolo.
León XIV demuestra poco a poco su capacidad para llegar a la gente, su aplomo, su amabilidad, sus gestos espontáneos, su liderazgo profundo y certero como jefe de la Iglesia de Cristo. Su capacidad para hablar idiomas y hasta dialectos, el Catalán, su conexión con los niños, reyes y presidentes, su visita a los más desposeídos (cárceles y orfanatos), su mensaje en Tenerife (Islas Canarias) a los inmigrantes, haciéndolos sentir amados por Dios y defendiendo sus derechos. El aplauso más prolongado de la historia en un parlamento, el de la Generalitat de Madrid, 8 minutos ininterrumpidos. Su conexión es total. Tenemos Papa y para rato, profundamente espiritual, misionero como San Pablo, sumamente inteligente, y que “atrapa” multitudes donde quiera que va.
