La IA cambió la forma de estudiar

Por: Rodrigo Tabares Ruiz

 

La inteligencia artificial cambió la manera como los estudiantes escriben, estudian, investigan y resuelven problemas. Hoy basta una consulta para obtener un ensayo, resolver un taller, programar un código, preparar una presentación o resumir un libro en segundos. El resultado puede ser suficientemente bueno para obtener una excelente calificación. El problema es que, mientras la tecnología avanzó a una velocidad vertiginosa, muchas universidades continúan enseñando y evaluando como hace diez o veinte años.

 

Ahí está una de las grandes paradojas de la educación actual: estudiantes que entregan mejores trabajos y obtienen buenas notas, pero que no necesariamente están aprendiendo más. El producto puede ser impecable, mientras el proceso intelectual que debía conducir al aprendizaje prácticamente desapareció.

La pregunta es inevitable: ¿qué sentido tiene seguir asignando tareas que la inteligencia artificial puede realizar en lugar del estudiante?

 

El debate, por eso, no puede reducirse a prohibir o permitir la IA. Lo verdaderamente urgente es transformar la enseñanza y, especialmente, la evaluación. Durante décadas, las universidades han considerado el trabajo entregado como evidencia del aprendizaje. Pero hoy ese documento puede haber sido elaborado, parcial o totalmente, por una máquina.

 

Por eso regresan con fuerza las sustentaciones orales, los ejercicios escritos en clase y las evaluaciones presenciales. Cuando un estudiante debe explicar una idea, defender un argumento, responder preguntas o demostrar cómo llegó a una solución, resulta mucho más difícil delegar su pensamiento en una herramienta.

Esto exige profesores mejor preparados. No solamente para aprender a utilizar la IA o formular mejores instrucciones, sino para comprender cuándo puede potenciar el aprendizaje y cuándo termina sustituyendo justamente la habilidad que se pretende desarrollar.

 

También obliga a revisar el valor de la presencialidad. Si un estudiante puede reemplazar una clase por cinco minutos de conversación con una herramienta, hay que preguntarse qué valor adicional está ofreciendo esa clase. La universidad no puede competir con la IA transmitiendo información. Su fortaleza está en la discusión, la interacción, la experiencia, la retroalimentación y la formación de pensamiento crítico.

 

El desafío es todavía mayor en Colombia. Los estudiantes llegan a la universidad con dificultades en competencias fundamentales y, simultáneamente, tienen acceso a herramientas capaces de resolver buena parte de sus obligaciones académicas.

La respuesta no puede ser bajar la exigencia. Debe ser exigir de otra manera. Las universidades colombianas necesitan reglas claras, profesores capacitados y evaluaciones que midan pensamiento, creatividad, argumentación y comprensión. Porque el verdadero riesgo de la IA no es que haga las tareas de los estudiantes. Es que terminemos entregándole también la responsabilidad de pensar.

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