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viernes, febrero 23, 2024

La hora del Espíritu

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Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez

Columnista

Ha sido una semana difícil de desconexiones, la del gas natural en todo el territorio cafetero, la del agua por sectores en barrios y pueblos, la de la luz por tal o cual circunstancia; todas estas “desconexiones” me han hecho pensar en quizá la más grave desconexión que sufre el ser humano, la del espíritu. Ciertamente somos como lo explicaron ampliamente los griegos, luego Santo Tomás, seres corporales y espirituales, no dos cosas, una sola; de tal manera que la desconexión con alguna de ellas nos puede precipitar al fracaso, a la tristeza, a la soledad, al sinsentido de nuestras vidas. Hoy somos más materiales que espirituales.

El espíritu lo hemos dispersado y nos hemos refugiado en otras soluciones que aparentemente nos dan «poder»: fetiches, brujería, echada de cartas o incluso de manera muy peligrosa, invocación a demonios y pactos siniestros con el mal. Toda una bomba mortal. Dios nos ha creado con la capacidad de acoger el Espíritu en nuestros corazones, es ahí en donde se da la más íntima comunicación con Él. El Espíritu nos habla desde adentro, está en el amor infinito que Dios ha tenido para con todos nosotros.

El Espíritu de Dios, conecta con nuestras realidades cotidianas y las transforma, su voz nos hace distinguir en medio de cada acontecimiento vivido lo que sirve para nuestro propósito y lo que no. ¿Qué le falta al hombre de hoy para que se auto constituya y viva plenamente?

¿Por qué preferimos vivir en la soledad, el silencio y recriminando tanto la existencia de Dios?

Los seres humanos hemos comprobado que cuando extralimitamos nuestras capacidades sin la ayuda del espíritu, caemos en excesos y fácilmente hacemos de nuestra existencia un agujero sin salida. El gran pensador André Malraux ha dicho: “El siglo XXI será espiritual, o no será”; luego el Teólogo Karl Rahner asimilando su frase, acotó: “El Siglo XXI o será místico, o no será”. De espiritual a místico no hay desconexión, pues una vez Dios está en el corazón, daremos paso a amar lo que somos: cuerpo, vida, naturaleza y fe.

Hablando de una manera amplia, la espiritualidad es aquella dimensión que le da calidad, consistencia y sentido a la existencia. Somos más de lo que comprendemos, producimos o consumimos. En una sociedad dominada por el materialismo, donde se trabaja para poseer cosas, sería interesante redescubrir esta dimensión espiritual. En el cristianismo, la espiritualidad es la manera concreta en que los individuos y los grupos, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, asumimos y realizamos en lo que hacemos el estilo de vida propuesto por Jesús de Nazaret.

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