Padre Pacho
Hay acontecimientos que irrumpen en la normalidad, desordenan nuestras seguridades y nos obligan a contemplar aquello que durante mucho tiempo habíamos conseguido ocultar bajo la rutina. Una tragedia colectiva, un terremoto, una enfermedad, una guerra, una pérdida inesperada o cualquier experiencia extrema no crea nuestra fragilidad; simplemente la hace visible.
De repente descubrimos que aquello que considerábamos firme podía quebrarse, que lo que creíamos permanente era provisional y que incluso nuestra propia existencia, que tantas veces vivimos como si estuviera garantizada, es profundamente contingente.
La filosofía ha recordado desde antiguo que una existencia verdaderamente humana comienza cuando dejamos de vivir como si fuéramos inmortales. Los estoicos insistieron en la necesidad de recordar nuestra condición limitada; Heidegger mostró que la conciencia de la muerte puede arrancarnos de una existencia superficial y devolvernos a la autenticidad.
La tragedia rompe una de las ilusiones fundamentales de nuestra cultura: la ilusión del control. Construimos casas, ciudades, empresas, proyectos, agendas y planes para el futuro y, sin darnos cuenta, terminamos creyendo que hemos domesticado la incertidumbre. Vivimos como propietarios del mañana cuando, en realidad, apenas somos huéspedes del presente. Basta que la tierra se mueva, que aparezca una enfermedad o que una noticia inesperada atraviese nuestra puerta para comprender que la seguridad absoluta nunca estuvo en nuestras manos.
Cuando la fragilidad se hace consciente, lo cotidiano recupera su carácter de milagro. Respirar deja de ser simplemente una función biológica. Caminar por una calle conocida deja de ser algo insignificante. Encontrar a la familia, escuchar la voz de un amigo, abrir una puerta, sentarse alrededor de una mesa o contemplar nuevamente la mañana adquieren un valor diferente. No porque hayan cambiado esas realidades, sino porque hemos cambiado nosotros. Somos frágiles, pero podemos sostenernos; somos mortales, pero podemos amar; somos pasajeros, pero nuestros actos pueden permanecer en la vida de otros.
La fragilidad humana suele parecernos una derrota. Nos incomoda descubrir que no somos invulnerables, que nuestros proyectos pueden quebrarse, que aquello que amamos puede desaparecer y que incluso las seguridades sobre las que construimos nuestra existencia pueden venirse abajo en cuestión de segundos. Sin embargo, cuando la fragilidad es iluminada por la esperanza, deja de ser únicamente la experiencia de aquello que puede romperse y comienza a convertirse también en el lugar desde donde podemos reconstruirnos.
