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miércoles, abril 24, 2024

La fiesta de la luz

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LA CASA ESTÁ DETERIORADA

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En tiempos oscuros del solsticio invernal, los rituales con velas eran esenciales. Los pueblos germánicos celebraban un gran festival para festejar la llegada del sol y honrar a los dioses de la vida y la fertilidad: Wotan (Odín), Donar (Thor) y los hermanos Freyja y Freier. En las saturnales (fiestas en honor a Saturno, el dios romano de la agricultura), se encendían velas para alejar los malos espíritus y como rogativa para que el sol se decidiera alumbrar de nuevo al mundo. Muchos años A. de C., los judíos celebraban en tiempos decembrinos el “Janucá” (“la fiesta de las Luces”), tradición que dura ocho días y que tiene igual importancia que los dos octubrinos del “Jom Jippur” (“época de expiación”), fechas propicias para el ayuno y el perdón. En Rumania los niños anuncian la Navidad haciendo sonar campanillas de casa en casa y portando estrellas con velas en su interior. 

 

En Alemania, llevan faroles y luminarias mientras cantan a san Martín, famoso obispo de la ciudad francesa de Tours del siglo IV. En su honor se encienden hogueras en el invierno y se reparten panes a los niños. En Irlanda se dejan velas en las ventanas para alumbrar a los peregrinos (sólo las mujeres de nombre “María” pueden prender de nuevo las que se apagan). En Suecia, las jovencitas recorren las calles con coronas de arándanos (del fruto de esta planta se extrae una especie de vino) y siete velas encendidas en honor a Santa Lucía (mártir del régimen de Dioclesiano en el siglo IV, a quien veneran al ser considerada portadora de luz. En Yugoslavia y algunos países balcánicos, se acostumbra encender cirios en las puertas de las casas que se dejan abiertas en la noche de Navidad. El ciclo de la Navidad guatemalteca comienza el 7 de diciembre y concluye el 2 de febrero.

 

Allí, los feligreses acompañan los “rezados”, procesiones nocturnas con imágenes sagradas por las calles aledañas a los templos. El 7 de diciembre se prenden frente a las casas los “fuegarrones” con leña y hojas secas. Todos esperan alrededor de las fogatas a que se consuma el fuego y “se queme el diablo”, ritual que purificará los hogares. En sus ferias navideñas, los lugareños salen a comprar manzanilla, pinos, aserrín y faroles. “Las navidades negras” comienzan en el Pacífico con los “arrullos del niño” que durante 9 días enriquecen los cantos decembrinos con alegres bundes y currulaos. Los tambores retumban en Micay, Tamalameque y San Basilio de Palenque y son ellos en los pueblos costeños los que avivan los fandangos. Las velas iluminan las cumbiambas y el sonido de maracas, flautas, sonajeros y marimbas acompañan el resonar de los cununos chocoanos.

En la fiesta de la luz hacemos votos porque estos días demarquen esa dimensión espacio–temporal colmada de motivos para el diálogo y la con–vivencia. Estos escenarios llenos de regocijantes rituales y alegorías entrañables permitirán, además de facilitar el encuentro familiar y comunitario cálido y fraterno, compartir experiencias, sueños y realizaciones. Con las velas encendemos el clamor porque una nueva pedagogía de la solidaridad y la reconciliación con sus didácticas dialógicas, vivenciales y pacifistas, oriente la senda de una nueva educación humanista y propositiva que potencialice nuestra inteligencia racio–emocional y toda esa energía cósmica y vital que llevamos dentro, hastiada de violencia, oprobio e iniquidad. ¡Que la débil y trémula llama de una vela ilumine el camino por donde transitan nuestras incertidumbres y congojas y disipe la oscuridad!…

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