La Falsa Teología del Castigo

Padre Pacho

Segunda Parte

Sin embargo, debemos también, evitar el extremo contrario. Decir que un terremoto no es un castigo divino no significa afirmar que Dios está ausente. La pregunta verdaderamente cristiana quizá no sea solamente: «¿Por qué permitió Dios que temblara la tierra?», sino también: «¿Dónde podemos encontrar a Dios ahora que la tierra ha temblado?»

Los amigos de Job querían encontrar a Dios en la explicación del sufrimiento. Job termina encontrándolo en el encuentro. Cuando Dios finalmente habla, no le entrega una fórmula capaz de explicar cada una de sus pérdidas. Le revela que la realidad es infinitamente más grande que los esquemas humanos mediante los cuales pretendemos comprenderla. Job descubre que puede confiar incluso sin comprenderlo todo.

Por eso, frente a nuestra ciudad herida, quizá deberíamos abandonar la pregunta: «¿Qué hicimos para que Dios nos castigara?» y comenzar a formular otra mucho más evangélica: «¿Qué podemos hacer ahora para que quienes sufren experimenten que Dios no los ha abandonado?»

Podemos utilizar la tragedia para construir discursos acerca del castigo de Dios o podemos permitir que la tragedia despierte nuestra responsabilidad. Porque, aunque un terremoto no sea un castigo divino, sí puede revelar muchas cosas sobre nosotros: puede evidenciar construcciones deficientes, desigualdad, pobreza, falta de prevención, fragilidad institucional, indiferencia social y comunidades que necesitan mayor preparación. No necesitamos atribuirle a Dios aquello que corresponde revisar a nuestra conciencia y a nuestra sociedad.

Además, interpretar la tragedia como castigo produce una consecuencia pastoral profundamente injusta: añade culpa al dolor. A quien perdió su casa terminamos insinuándole que además hizo algo para merecerlo. A quien perdió un ser querido le hacemos preguntarse qué pecado provocó semejante desgracia.

Y el libro de Job se atreve a mostrarnos algo sorprendente: al final, Dios reprende a quienes pretendían defenderlo y reivindica al hombre que había tenido el valor de preguntarle. Tal vez por eso debemos tener mucho cuidado cuando hablamos en nombre de Dios después de una tragedia. No todo lo que sucede es un mensaje cifrado enviado por Dios. No todo sufrimiento es una corrección. No toda prosperidad es aprobación divina. No toda desgracia es condenación.

Tal vez entonces descubramos que la gran pregunta que deja un terremoto no es: «¿Por qué Dios nos castigó?», sino otra mucho más exigente:

«Ahora que hemos descubierto lo frágiles que somos, ¿qué clase de seres humanos vamos a ser cuando volvamos a levantarnos?»

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