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domingo, abril 21, 2024

La envidia

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Dice el adagio popular que “la envidia es mejor despertarla que sentirla”. Ni lo uno, ni lo  otro. La envidia es un vicio extraño, ella muestra cómo nuestro comportamiento no obedece a  lógicas humanas; en ella no hay sino un placer egoísta y mezquino; quien es atrapado por  ella, llega a consecuencias insospechadas, cuyo límite sobrepasa lo maligno y deja ver lo más  dañino que tiene el corazón humano. 

En la Biblia encontramos ejemplos como: Caín que mata a Abel; Jacob que arrebata la  bendición de Dios a Esaú, José que es vendido por sus hermanos, pues era “el más amado por  el padre”. En el Nuevo Testamento, Jesús el Hijo de Dios, perseguido y sentenciado por  fariseos y sumos sacerdotes por incomodarlos y ponerlos por encima de la ley. Con  Aristóteles, la envidia “se siente con personas a las cuales les podemos competir”. Se envidia  a los más cercanos e íntimos. Quien la sufre no se quiere dejar ganar del otro, ni superar,  detesta el progreso del que está a su lado, se “retuerce” por sus pocas posibilidades y busca  cerrárselas con comentarios y malas acciones.  

El hecho de que la envidia figure entre los siete pecados capitales tiene razones espirituales y  psicológicas muy concretas y reales. Ella arrasa con todo lo que esté a su paso, no mide  consecuencias y lleva a la muerte del alma y muchas veces del cuerpo. La envidia es un gas  que se expande por el corazón y lo envenena por completo, impidiendo ver y hacer el bien; su  mirada es perversa, ciega y altamente tóxica; ella corroe, aprisiona y mata.  

La envidia viene de la palabra latina “in-videre”, esto es, “mirar con mal ojo”. El envidioso  siente y piensa que la vida ha sido injusta con él, y ha favorecido a su hermano, amigo o  vecino, y por eso alimenta sentimientos de venganza. Al envidioso le interesa disfrutar del  mal de los demás y le tiene sin cuidado que su situación personal mejore. Al envidioso no le  interesa “la leche buena que vende su vecino; le interesa la vaca para matarla y terminar de  raíz el problema”. Hasta allá se llega. La envidia tiene un antídoto: Dios y la gratitud. “Busca  a Dios y serán felices, tú y tus descendientes”. Agradece por todo y sabrás que lo que eres y  posees es bendición, milagro y paz interior. 

En la sociedad actual, los medios de comunicación y las redes sociales nos lanzan a una  competencia despiadada por las apariencias y el qué dirán. Se envidia a quien tiene más “likes” en sus fotos, así sean inmorales y desproporcionadas éticamente; sencillamente se  envidia a quien cumple con ciertos caracteres, muchas veces falsos de belleza, dinero y  glamur. La envidia no conoce “muros de contención” sociales y éticos. Dicen también, no sé  si será cierto, que en nuestro país “más fácil se muere de envidia que de cáncer”. En este  tiempo de cuaresma espiritual, valdría la pena pensar: ¿Qué es motivo de envidia para mí?  ¿Por qué ver progresar al otro me atormenta? ¿Dios puede sanarme de este mal? Meditar,  meditar es la tarea.

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