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jueves, abril 25, 2024

“La dictadura del relativismo”

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Hoy tenemos una sociedad excesivamente sensible, hemos dejado de decir lo que hay que decir, para evitar parecer demasiado críticos; hoy se ha erosionado la responsabilidad, las virtudes sociales, la autodisciplina, el respeto mutuo, las conquistas a largo plazo; se prefiere la neutralidad para no entrar en juicios de valor; palabras como bueno, malo, correcto, impropio, han salido de nuestro diccionario. 

En los últimos años, las sociedades democráticas han experimentado profundos cambios sociales, políticos y económicos que han originado la aparición de un ciudadano más individualista, que tiende a afincar sus valores y comportamientos en elecciones personales y a depender menos de la tradición y del control social ejercido por aquellas instituciones que tradicionalmente eran las depositarias y las intérpretes de los códigos de conducta. 

Todo esto nos ha llevado a la negación de la responsabilidad, cayendo en un relativismo ético; una sociedad donde nadie dice ya la verdad, acerca de lo que está bien o mal, de lo que es correcto o resulta impropio, con una consecuencia terrible la ausencia de límites.

Toda esta mentalidad relativista, siempre ataca al adversario, por ejemplo, quien afirme, que la heterosexualidad pertenece a la esencia del matrimonio, no se le dice que su tesis sea falsa, sino que se le acusa de fundamentalismo religioso, de intolerancia o de espíritu antimoderno. Tampoco se dirá que la tesis contraria es verdadera, el pensamiento relativista te hace pensar que al igual que esa tesis existen otras que tienen igual valor y el mismo derecho a ser socialmente reconocidas. A nadie se le obligará casarse con una persona del mismo sexo, pero quien quiera hacerlo, tiene todo el derecho para hacerlo. 

Este mismo razonamiento es el que justifica la legalización del aborto, y de otros atentados contra la vida de seres humanos que, por el estado en el que se encuentran, no pueden reivindicar activamente sus derechos y cuya colaboración no es necesaria. A nadie se le obliga abortar, pero quien quiera debe poder hacerlo.   

Es claro que la mentalidad relativista comporta un profundo desorden antropológico, que tiene costes personales y sociales muy altos, como el predominio de valores vitales como el placer, el bienestar, la ausencia de sacrificio y esfuerzo, terminando encerrados en un individualismo egoísta, donde se deforma totalmente la libertad, predominando el yugo de mi propia verdad, que siempre debe ser respetada.

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