La desobediencia civil

Julián Cárdenas Correa

Conozco a muchas personas que son de izquierda y votan a la izquierda, casi que sin más análisis, salvo ese, que el candidato por el que votan sea de izquierda.

En este grupo de personas, no nos llamemos a equívocos, si bien hay mucho servidor público, también conozco incluso algunos empresarios y emprendedores que lo son.

Meternos en esa disputa ideológica definitivamente no es sano, ni para las relaciones, ni para las familias, ni para muchos grupos, salvo que se puedan desarrollar con altura y respeto. Si es para peleas y distanciamientos mejor hacer caso del consejo popular de que es mejor no hablar de política y de religión. Si es para crecer desde el disenso, confrontar ideas con argumentos, ahí sí, a lo Voltaire. 

Ahora bien, reconociendo que en los 12.708.000 que sacó en Segunda Vuelta Presidencial, Iván Cepeda, muy posiblemente hubo algunos de los llamados “voto fusil”, que hubo otros tantos millones de votos comprados u “obligados” por los servidores públicos, creo que bien podríamos asumir que los 9.688.000 votos de la primera vuelta son los más cercanos a Cepeda, o como dicen algunos, son la izquierda pura y dura, o sea, la que no se deja comprar o que no está obligada a votar por amigos burócratas o forzados por amenazas. Esos son efectivamente ciudadanos de izquierda. 

Sin juicios ese es un dato muy importante. Si especulamos que también en primera vuelta hubo compras de votos, burócratas consiguiendo votos y amenazas, ese número disminuiría, pero para mi propósito el dato puede ser ese, 9.688.000 votantes de izquierda.

En algo que a veces nos equivocamos es en suponer que el votante de izquierda se inmola por la izquierda y ahí sí tenemos que profundizar en una verdad importante: La corrupción, también de izquierda, espanta, indigna y aleja a las personas de izquierda que priman la decencia, la honradez, los valores por encima de su inclinación política.

Una cosa es que la gente valore un proyecto político de izquierda y otra muy distinta que esos casi 10 millones de colombianos estén dispuestos a incendiar el país, incluso cuando se vayan demostrando más y más los increíbles hechos de corrupción que ya se destaparon, pero que, sobre todo, se destaparán en el empalme y después del 7 de agosto.

La corrupción y las evidencias saltarán solas y la gente decente de izquierda, que asumo es la mayoría de ellos, hasta ahí llegarán con el “Proyecto Petro-Cepeda”.

La verdad es que son pocos reductos, sobre todo de jóvenes, que sí están dispuestos a enfrentarse al resto de la sociedad para defender a personas de la izquierda, incluso si son imputados o condenados; pero esos, deberían ser pocos.

Si se alinea la fuerza de la ley, la inteligencia del Estado, con la evidencia de la corrupción que se dio a escala industrial en el gobierno saliente, no debe haber mucho caldo de cultivo para que la “desobediencia civil” (que por definición además es “No violenta” y “Busca llamar la atención sobre una injusticia”, o sea no es precisamente la que invoca Cepeda y Petro) sea algo que paralice al país.

En algunas cosas no podemos dar papaya y una de ellas es, por ejemplo, pretender abordar la discusión del salario mínimo con tecnicismos de Productividad e Inflación. Y lo digo como economista proclive a la economía austriaca y como empresario, o sea lo afirmo con dolor: El incremento del salario mínimo es un sapo gigante que tendremos que tragarnos en los próximos cuatro años… hasta que se recupere la cordura.

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