La cultura del desastre. Entre ruinas, silencios y olvidos

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Los desastres recientes ocurridos en nuestro país no solo han sido un llamado de advertencia sobre nuestra vulnerabilidad telúrica. También son la radiografía de una clara y evidente tragedia recurrente. Las narrativas usuales esgrimen desgastados libretos («la furia de la naturaleza», “la ira de Dios”, los «designios del clima»). Mirar el desastre desde los cómodos torreones del determinismo geográfico, el estoicismo masoquista y/o la ecología contemplativa, es una muestra flagrante de ignorancia y estulticia, apatía académica, ceguera ecológica e   irresponsabilidad ética. Los desastres “naturales” son el fiel reflejo de una crisis socioambiental inducida por un modelo de desarrollo económico y cultural que ignora el territorio, entendido éste como espacio geográfico y escenario eco–vivencial, todo un tejido vivo bordado por la interacción dialéctica naturaleza–comunidad…

Filósofos, etólogos, sociólogos y ecólogos arrojan luces que nos orientan hacia la comprensión de la actual problemática socioambiental (deforestación, minería ilegal, incendios forestales, avalanchas y mutilación de cuencas). Los desastres no discriminan por azar, golpean las líneas fracturadas de la desigualdad. Cuando un sismo agrieta la tierra y las lluvias sepultan una región, no estamos viendo la furia de la naturaleza, sino las consecuencias de un modelo económico irracional que destruye la resiliencia propia de un eco–socio–sistema. No es fatalidad climática o histórica ni designio providencial alguno, es la manifestación de un cataclismo socio–ambiental históricamente acumulado tras siglos de depredación ecocida e inequidad. Encontramos un correlato pragmático en las palabras  del escritor caucano Gustavo Wilches-Chaux, experto en gestión del riesgo.

“La naturaleza pone el fenómeno físico (terremoto o avalancha), pero nuestro modelo de desarrollo fabrica el desastre”. Un sismo desnuda nuestra vulnerabilidad: construcciones deficientes, laderas deforestadas e instituciones reactivas frente a la emergencia en lugar de ser gestoras del riesgo y planificadoras del territorio. Al perder sus defensas naturales, el ecosistema se deforma, el sismo fractura el suelo y el aguacero hace el resto. Las alertas del volcán Puracé, los incendios de grandes pastizales tolimenses o las erosiones fluviales del Triángulo del Café, nos advierten que sustituir el bosque andino por ganadería extensiva o monocultivos agroindustriales, elimina los amarres biológicos de la montaña. El aforismo “Un suelo sin raíces es un suelo condenado al abismo”, se convierte en sentencia premonitoria. Los colombianos quejumbrosos padecemos de amnesia territorial.

Asentados sobre una cordillera joven e inquieta e imbuidos por míticas cosmovisiones, el paisanaje vive en una constante paranoia sismológica. Olvidamos el evento telúrico anterior para luego enfrentarnos a otro borrando de nuestra memoria territorial la tragedia antes sucedida. Las ONG ambientalistas advierten sobre estos escenarios críticos y recurrentes. Avalanchas, inundaciones y deslizamientos ya anunciados colapsan sólidas infraestructuras demostrando que los planes de mitigación de riesgo fueron inadecuados, omisivos y mañosos, todos ellos de espaldas a los inciertos y crudos eventos tectónicos. Nuestra rica región biodiversa se trasmuta en densos y frenéticos planes urbanos. Se pavimentan zonas de recarga acuífera; nuestros frágiles suelos e inestables laderas son sometidos a la depredación inmobiliaria que, a su vez, cava las tumbas de los urbanitas… 

Este es un relato del escritor chino Lin Yutang: “La naturaleza -dijo el hombre-, no es suficiente para mí”. “¡Presuntuoso! -le respondió Dios- ¿de modo que este planeta no es bastante para ti? Te enviaré entonces al infierno, donde no verás el paso de las nubes, ni el esplendor de las flores que engalanan los árboles; tampoco escucharás el canto de los manantiales y por siempre vivirás allí, hasta el fin de tus días” … Fue entonces cuando Dios lo envió a vivir a un apartamento en la gran ciudad”.

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