Carlos Andrés Hernández
Vivimos en una sociedad hipócrita por naturaleza, premiamos la viveza, a los traquetos y bandidos que lavaron sus fortunas para volverse empresarios o peor aún políticos; idolatramos a Zaqueo, recaudador corrupto de los impuestos. Este es el modelo de éxito que adulamos en nuestra sociedad, convivimos con la cultura de la ilegalidad, nos encanta las triquiñuelas, el camino fácil, menos complicado, buscamos saltarnos la fila, el turno de espera, le hacemos el quite a los trámites, al pago de los impuestos entre otros. Muchos argumentan que es una carga histórica que viene de los españoles, de los que nos conquistaron, ladrones y bandidos que venían en carabelas, justificación facilista del ADN de la corrupción. Otros les echan la culpa a los funcionarios públicos, en cafés se escucha que lo público está podrido, que esto va de mal en peor. El otro día me decía un amigo en medio de un tinto, hablando de corrupción, que era más corrupto el sector privado que el público, porque los privados hacían la oferta, daban la dadiva, iban detrás de los contratos, dañaban al funcionario público, ¿ quién peca más?, ¿el que peca por la paga o paga por pecar?; me trajo a colación los ejemplos de corrupción del sector privado, el caso de los hermanos Miguel, Manuel y Guido Nule en Colombia, pioneros del carrusel de la contratación o que tal los tentáculos en Latinoamérica de Odebrecht, maquinarias privadas creadas para corromper y saquear las arcas de lo público, infiltrarse en campañas, comprar presidentes, secuestrar conciencias y empeñar democracias. También me ponía como ejemplo los escándalos de corrupción en Estados Unidos, el desfalco de la Enron que dejó en quiebra la compañía con 31.800 millones de USD en deuda, sus acciones perdieron todo valor. Otros caso de renombre son el de las entidades financieras como Morgan Stanley, JP Morgan Chase, Gses Fannie Mae, Freddie Mac y Lehman Brothers, estas últimas detonantes de la crisis financiera e inmobiliaria de los Estados Unidos en el 2008. Sin embargo, e independientemente de estos hechos que avergüenzan a la sociedad, hay un elemento que las naciones y gobiernos se niegan a actuar con contundencia, con presupuesto y recursos reales para ejecutar verdaderos programas integrales de cultura y educación ciudadana para combatir un flagelo que está corroyendo la sociedad, (la pérdida de valores y principios), los cuales se están deteriorando desde la familia, donde muchos padres ya no tienen tiempo para educar a sus hijos, donde muchos menores han crecido solos con sus abuelos, donde la modernidad, la tecnología y las redes sociales degradan el conocimiento y muchas veces incrustan antivalores. Los valores y principios se degradan en el barrio, en los colegios, desde las empresas e instituciones. Poco a poco se pierde el respeto por lo público, por lo colectivo, por el respeto a las normas, al patrimonio como bien sagrado; esto no es un dilema de lo público y privado, es asunto de configuración del ser humano. El discurso del (civil), el buen ciudadano se ha perdido. Muy triste lo sucedido con los escándalos del gobierno Petro, donde si este resulta salpicado, debe pagar con cárcel sus actos. El país debe conocer que sucedió de fondo con la UNGR, quien le dio la orden a los ministros y cómo se orquesto este plan macabro con compra de congresistas para desfalcar los recursos destinados a la mitigación del riesgo de los colombianos.
