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jueves, febrero 29, 2024

La ciudad ideal

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Alfonso Gutiérrez Millán

Columnista

En 1933, cuando Pereira era apenas un pueblo grande, Le Corbusier escribió “La ciudad radiante”.  Allí receta la muerte para  las ciudades irracionalmente desarrolladas, carentes de ejecutores responsables, insalubres y ofensivas al sentido estético.

Desde entonces se predica que no estamos condenados al orden de aquellos pueblos españoles trazados alrededor de una  plaza, en la cual situaban la iglesia y  el edificio municipal. Con un comercio de toldos qué con el tiempo se extendía a las calles aledañas. Más adelante se añadían avenidas periféricas, según el flujo de los nuevos medios de trasporte. Tal ha sido el panorama de nuestra querida Pereira desde los primeros años del siglo XX.

Como vivimos en el tercer mundo, no escapamos a sus contradicciones. Ciudades como Pereira se llenan de gentes pobres,  necesitadas  de trabajo y servicios básicos. Contra esta realidad social  se estrellan  las concepciones mejor estructuradas. Aparecen nuevos tipos de industrias, basadas en la pobreza. Los planes de vivienda de interés “menos que social” atraen a millares. Con ellos llegan oficios nuevos, como el microtráfico, y aquellos “vendedores ambulantes”, siempre  convertibles en materia prima de los directorios políticos.

Según le Corbusier las ciudades del futuro darían fin a las feas calles llenas de usos incompatibles, de edificios incoherentes y disfuncionales fruto de  una evolución histórica desincronizada. Las vías de toda ciudad moderna deberían estar dedicadas a tareas específicas, como el trasporte de las personas que trabajan o se dirigen a adquirir bienes de consumo. Nada que ver con tantísima gente ofertando bienes ocasionales en calles como la 8ª. 

Niemeyer desarrolló las ideas de Le Corbusier. Brasilia, fue el paraíso de los arquitectos. Muchos la tienen como una especie de templo consagrado al espíritu postmoderno. En ella nada es improvisado, ni improvisable. Cada necesidad humana está calculada y anticipada: Incluyendo la iluminación y hasta la respiración.

La geometría, la lógica y la estética brindan un espacio  muy concreto de  racionalidad,  que linda con la exageración. Y todo esto en un Brasil pleno de contradicciones raciales, políticas y económicas. Ejemplo vivo de esa ciudad ideal… que muchos consideran todavía imposible.

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