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martes, junio 25, 2024

La calidad es un valor que no se improvisa

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La modernidad nos llega a los pereiranos (igual que a casi todos los seres humanos) con la misma liviandad que caracteriza a las nuevas generaciones. Aunque suene a «todo tiempo pasado fue mejor», un pensamiento que asoma cuando superamos la barrera de los cincuenta años, es necesario advertir que la calidad es una cualidad en vía de extinción. Y aunque esto abarca todos los aspectos de la cotidianidad no voy a referirme en esta columna a las prendas de vestir, los utensilios, las herramientas o los artículos del hogar. Dejémoslos de lado y concentrémonos en la calidad que hay afuera, la que tiene la ciudad, sus vías, su infraestructura. 

La civilización moderna impregnada de la cultura de lo desechable ha corrompido todo nuestro entorno. Comparemos algunas cosas del pasado con otras del presente. Pereira fue líder en proyectos de infraestructura; tuvimos uno de los primeros tranvías de Suramérica, la primera planta automática de teléfonos de Colombia y uno de los primeros aeropuertos del país. Fuimos una de las primeras ciudades en diseñar y construir sus vías principales con criterio futurista. La generación del centenario concibió la avenida 30 de agosto como una autopista de tres carriles por calzada cuando el número de vehículos aún era muy incipiente. Un poco después, la siguiente generación imaginó la avenida de las Américas como solución urgente a los crecientes problemas de movilidad y la construimos en concreto rígido, más costoso, pero muchísimo más duradero. De hecho, hoy —treinta y tantos años después— se encuentra en magníficas condiciones, al igual que casi todas las vías del centro de la ciudad que enhorabuena fueron restauradas con este material. 

Muchas de las rutas rurales del municipio se pensaron y adelantaron con criterio de «calidad antes que cantidad». Las vías de Pereira a la Florida, de Combia a La Suecia, de Altagracia a Arabia las construímos también en concreto rígido que después de los mismos treinta años se encuentra en impecables condiciones en comparación con las vías de San Joaquín-Altagracia, Turín-Combia, La Casona-Montelargo, Bulevares-Pindaná, el ingreso al colegio La Salle y otras más que se construyeron en asfalto de bajas especificaciones. Estas últimas no tardarán mucho tiempo en estar destruidas, al igual que las vías que las autoridades actuales le autorizan a los urbanizadores, en asfalto pobre y algunas sin andenes.

Aunque no fueron obras municipales, donde prevaleciera el criterio local, el Viaducto y las variantes de Condina y La Romelia-El Pollo se planearon, diseñaron y construyeron con especificaciones muy pobres. Apenas unos pocos años después de concluidas son evidentes la saturación vial del primero y la urgente necesidad de construirle otra calzada a cada una de las otras dos variantes. No olvidemos también que la vía Terminal-Punto 30 es otro caos de nuestra movilidad y el único tramo que quedará sin doble calzada en la pomposa autopista del Café. Y ni que hablar de Los Colibríes, una avenida que se pensó bien, se contrató regular y se construye tan mal que amenaza con convertirse en el mayor elefante blanco de toda nuestra historia. 

La calidad debe ser un valor obligatorio en cada obra que emprendamos y no quedar sujeta al criterio paupérrimo e inmediatista de los gobernantes de hoy que parecen dedicados a administrar pobreza y que le tienen miedo a mecanismos como la contribución de valorización. Nos estamos llenando de una gran población migrante que nos llega desde Bogotá y de muchas otras partes del mundo para engordar los segmentos cinco y seis de la estratificación socioeconómica de la ciudad. Ellos deben contribuir de manera contundente con nuestro desarrollo.

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