19.1 C
Pereira
lunes, abril 22, 2024

La aceptación de la guerra, la destrucción y la violencia

Es tendencia

- Advertisement -

Por: Harold Salazar Arboleda

Lo que está sucediendo hoy relativo a las guerras como las de Ucrania – Rusia e Israel – Gaza, ha sido una constante histórica de la humanidad. Son escasos los momentos de la historia humana en que se pueda decir que ha existido la paz. La guerra parece estar insertada en la genética del hombre. Los seres humanos somos atraídos por un “amor” especial por la guerra y todas sus consecuencias. No es el propósito analizar los factores que nos conllevan a ser violentos, agresivos, algunas veces explicadas por la neurobiología, por ejemplo, la agresión reactiva surge cuando estamos ante una amenaza inminente, diferente a la agresión planificada, premeditada y es a la que se hace referencia en esta columna.

Somos seres sociales, lo que implica que nuestros comportamientos están relacionados por la pertenencia a ciertos grupos sociales —religiosos, deportivos, políticos, nacionales, entre otros—, lo que conlleva a sentirnos seguros, identificados con algún propósito, o a estar motivados e inspirados, a cooperar socialmente, en parte para asegurar nuestra supervivencia. Pero, trágicamente estos mismos motivos nos conducen a realizar actos extremadamente violentos cuando el grupo puede ser atacado, pues se pierde la sensación de seguridad, de protección, de control.

Como individuos adaptamos normas y comportamientos al momento de pertenecer a un grupo, la conducta se adecua para poder ser aceptado y encajar de la mejor forma posible en el grupo. Esa conducta se transforma cuando se pierde el control, y se altera para poder recuperar nuestra seguridad y nuestro conformismo social grupal. En este punto es donde se justifica cualquier acción por violenta, atroz o destructiva que sea, involucrando elementos de profunda deshumanización. El “otro” es el enemigo a destruir, incluyendo en este verbo destruir, la acción de matar, de aniquilar bajo cualquier método. Un ejemplo sencillo son las conocidas barras de seguidores de los equipos deportivos, que convierten, al contrario, en el objetivo de desahogo de ese instinto violento que poseemos. La violencia extrema incluye al terrorismo: comportamiento excesivo que sirve para enviar un mensaje, con ideas cargadas de fanatismo totalmente irracional.

La pregunta que surge en este punto es: ¿cómo es posible infringir daño tan destructivo a otra persona, bajo el criterio de unas ideas que supone son superiores, o por imperativos que se autoconsideran morales? Y aquí la discusión de cierre. A pesar de los desarrollos tecnológicos, de la discursiva pacifista de los organismos mundiales, los planes de estudio escolares, de los sueños de tantos escritores, artistas, cantantes, orientados hacia un objetivo de un mundo en paz, los actores de la guerra siguen justificando, planeando, desarrollando y ejecutando cualquier cantidad de barbarie, en nombre de algún asunto “moral” —al final esto es lo que menos interesa— que los justifique.

Los bebes y niños palestinos, ucranianos, israelitas, no son guerreristas y mucho menos terroristas, pero la maquinaria infernal de guerra del estado de Israel o de Rusia, aplican la destrucción sin distingo, en nombre de la “defensa de su moral” o de “una nueva ruta del sol o sobre el petróleo de Irán”. El terrorismo de estado es más destructivo que el individual o el de algunos jóvenes que, ante el desespero del hambre o de una vida sin esperanza, optan por esta vía de trastorno social. El mundo no ha puesto fin a las guerras, pero afortunadamente estas han disminuido en número y destrucción, así que la propuesta de La paz perpetua —obra de Immanuel Kant— es un proyecto que sigue en pie.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -