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sábado, junio 22, 2024

Juegos pirotécnicos en la política pereirana

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Ernesto Zuluaga

Columnista

La pugna por la Alcaldía de Pereira en las próximas elecciones se parece a la inauguración de los Juegos Olímpicos. Una explosión de candidaturas ilumina el panorama nebuloso y todo el ambiente electoral en una expresión de farra desordenada que lejos de facilitarle las cosas al ciudadano del común —que cree en la democracia— lo confunde y lo atiborra de expectativas disimiles, alocadas e individualistas. Lejos de pensar que diecisiete aspirantes son expresión de un pluralismo fuerte y sólido, me inclino por la idea de que estamos frente al mayor desorden de nuestra historia y que las decisiones de algunos ciudadanos de participar en la contienda obedece a intereses personalistas de grupúsculos en formación.

La existencia de decenas de partidos políticos en Colombia son el reflejo de la procacidad del entorno, de la mediocridad de nuestros dirigentes, de la colcha de retazos en que han convertido la Carta Magna. Una democracia no es más sólida y representativa por la cantidad de alternativas electorales que ofrece sino por la calidad de éstas. «Muchos partidos» significan anarquía, tumulto e incoherencia. Se acabaron las ideologías y los principios y por ende los líderes y los estadistas. Somos una sociedad caminando hacia el abismo sin un pastor que apaciente y guie al rebaño.

En el corazón del código electoral está el cáncer que nos carcome. La posibilidad de aspirar a cualquier cargo por fuera de los partidos acudiendo a la figura «eunuca» de las firmas de ciudadanos deterioró el entorno hasta la total confusión. Nadie quiere ser el representante de una colectividad política porque todas están viciadas y desdibujadas, porque se convirtieron en tiendas de avales y en banca de corrupción. Terminan siendo un yunque que hunde al más sólido de los Titanics. Desde hace algunos años casi dos terceras partes de los candidatos a cualquier cosa lo hacen utilizando esta figura. Les da vergüenza ser miembros, hacer parte y representar a un partido político. Y como todo el mundo tiene licencia para aspirar pues lo que resulta es un firmamento lleno de juegos pirotécnicos. Miles de llamas y luces que fulguran un instante. Y luego se apagan sin dejar más huella que cenizas humeantes.

La fragilidad del mandatario actual de la ciudad, quien alcanzó su cargo en una contienda pírrica y por un margen más que estrecho, contribuye al pandemónium. Desde años atrás hace carrera en Pereira el concepto de que cualquiera puede ser alcalde, que si fulano lo logró por qué no puedo hacerlo yo. Y eso empobrece aún más el panorama. El que tengamos diecisiete candidatos a la alcaldía de Pereira a casi nueve meses de las elecciones es un sombrío espectáculo que acongoja a cualquier ciudadano. Tenemos un río revuelto que no muestra en su camino un cauce calmo. La historia nos ha demostrado adicionalmente que los egoísmos, la codicia y los individualismos priman a la hora de las decisiones y que nadie está dispuesto a deponer sus intereses en pro de la ciudad. Por lo tanto, tendremos un tarjetón lleno de fotografías de candidatos, una oferta desaforada y la ausencia total de ideologías (ya casi ni sabemos que es «izquierda» o «derecha»).

Quizás lo único claro en el panorama actual es que casi todos quieren la cabeza del gallo, un trofeo que parece fácil de alcanzar. Pero «divide y reinarás» no es una estrategia que se inventaron en el grupo que gobierna sino un axioma real que amenaza a los que quieren la torta. Sin embargo, pienso y opino que afecta más al «establishment» que a la oposición. «En tierra derecha», como decían los hípicos, Mauricio Salazar es el virtual ganador.

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