Iván Tabares Marín
Había denunciado la ignorancia generalizada sobre el enfoque de género o de la teoría Queer propuesta por Judith Butler. Otro buen ejemplo es el documental que circula en redes sociales titulado “Colombia, una fábrica de niños trans”. Denuncia las clínicas dedicadas al cambio de género de niños mediante el tratamiento con hormonas, bloqueadores de pubertad y cirugía de los genitales. La denuncia es válida, pero sus argumentos son erróneos.
Plantea una psicóloga que el sexo biológico entra en contradicción con la percepción del menor, lo que corrobora con un video de Agustín Laje, quien tampoco entiende a Butler por sus pobres conocimientos en filosofía aprendidos en la Universidad Católica de Navarra, España. Es el mismo error en que ha caído de forma reiterada nuestra Corte Constitucional.
Recordemos que la Corte ha dicho en varias oportunidades que, si un hombre se percibe mujer, tiene derecho a exigir un cambio de género en una notaría y que el notario tiene la obligación de darle una certificación sin ningún otro requisito como el tratamiento hormonal recibido, controles de expertos psiquiatras o sicólogos y las cirugías realizadas, tal como pasa en otros países. Tampoco la Corte exige una certificación médica de la biología masculina o femenina del individuo, es decir, si sus cromosomas sexuales son XX (mujer) o XY (hombre). La Corte incurre en el mismo error, agravado, del documental: solo tiene en cuenta la percepción o decisión del hombre.
En las notas anteriores había mostrado que la discusión sobre la identidad de género radica en que la izquierdista y lesbiana Butler plantea que el género es una imposición cultural de la sociedad capitalista sin relación alguna con la biología. Ella no habla de la “percepción” del individuo porque no existe el sujeto. En su libro El género en disputa, Judith cuestiona a Simone de Beauvoir porque en el texto El segundo sexo (1949) escribió: “No se nace mujer, llega una a serlo”. Esa “una” sería el sujeto que no existe para todo el pensamiento posmoderno. Somos algoritmos, según Yuval N. Harari.
Una columna de Santiago Vargas, publicada en El Espectador y titulada En defensa de la ideología de género, comienza señalando en los textos de Carlos Marx los orígenes de la discusión sobre ideología; cita luego a Judith Butler y concluye: “llevar la ideología de género a las aulas no significa más que fomentar el desarrollo de una capacidad crítica para que las niñas y los niños sean capaces de aprehender las interpretaciones culturales que existen sobres sus propios cuerpos; de separar su cultura de la naturaleza (…) de encaminar al libre desarrollo de la personalidad”.
Santiago desconoce la influencia biológica en la asignación del género, que Butler aceptó en una entrevista y que hoy no se discute; ignora que el proyecto de la izquierda implica acabar con la organización familiar y con la especie humana; que su plan es el pensamiento posmoderno, una distopía imposible e impensable; Santiago cae en el engaño ideológico de la izquierda “progre”.
