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lunes, marzo 4, 2024

Interpelaciones educativas

Es tendencia

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Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Nos asaltan muchas preguntas. ¿Qué pasó con el Índice Sintético de Calidad Educativa ISCE que medía indicadores de desempeño tales como pruebas Saber, repitencia, promoción y deserción escolares? ¿Llegaremos a ser en el año 2025 el país más educado de América Latina? ¿Se logrará que leamos en el año un promedio de tres libros cuando en Europa estos mismos se leen en un mes? ¿Será la mala calidad educativa el factor determinante de los bajos niveles en innovación, investigación, desarrollo humano y competitividad? ¿Se superarán las magras expectativas sobre “Talento Global” en asuntos formativos y aptitudinales? ¿Seguirá siendo el nivel de cualificación del factor humano un asunto irrelevante en materia de mejora y crecimiento organizacional? ¿Terminaremos echándole la culpa de nuestros sempiternas limitaciones a una controversial pandemia?

¿Seguirán cultivándose rimbombantes habilidades gerenciales y emprenderistas en glamurosos cenáculos y currículos de postgrado para clientes senior, sin haber sido éstas, motivo de estímulo desde el nivel de Preescolar? ¿Seguirán estando nuestras universidades por fuera del ranking mundial 100? ¿Se logrará que la Universidad Nacional (número 1 aquí), deje de ocupar el puesto 473 y la UTP (número 12 acá), abandone el sitial que la escalafona como la número 1.969 en el mundo? ¿Seguiremos aceptando que nuestro sistema educativo no desarrolle propuestas sobre el cultivo de la inteligencia lógico – matemática y, mucho menos, el estímulo de las inteligencias emocional, artística, inter e intrapersonal? ¿Seguiremos mirando acríticamente las competencias cognitivas de los estudiantes por encima de la dramática realidad sociocultural que nos interpela?

¿Seguiremos importando y trasplantando modelos, formatos y técnicas “duras”, muchas veces deshumanizantes y cuantificadoras, en materia educativa, gerencial, empresarial, institucional y organizacional? ¿Olvidamos las complejidades propias de nuestra idiosincrasia al hablar de habilidades blandas y alterativas en materia valórica y emocional? ¿Seguiremos creyendo que el academicismo, la extensividad del horario de clases o el desembarco de modelos educativos extraños a nosotros, con tripulantes y tutoriales a bordo (EE. UU., Corea, Finlandia o Singapur), resolverán nuestras carencias educativas? ¿Seguiremos insistiendo en que la etiología de nuestros males es educativa, cultural y hasta curricular, por no decir tropical o providencial, escondiendo las verdaderas causas endémicas y estructurales tales como pobreza, inequidad, injusticia, corrupción?
¿Seguirá siendo una constante en nuestro vetusto y desvencijado mundo curricular, la carencia de hábitos lecto – escriturales, la pésima preparación en idiomas, la primacía de la nemotecnia sobre el razonamiento lógico, la desarticulación entre hermenéutica, epistemología y análisis, el divorcio entre formación y aprendizaje, pedagogía y didáctica, educabilidad y enseñabilidad, la fobia al pensamiento científico, investigativo y crítico, la incapacidad resolutiva de problemas, la debilidad en la toma de decisiones y la ausencia de metodologías interactivas y pertinentes? ¿Seguiremos negando que la educación con calidad es una tarea urgente y pendiente (como muchas otras), que nos permitiría salir de la encrucijada socioeconómica y la mediocridad intelectiva en la que vivimos? Por ahora, seguiremos tarareando la canción de Bob Dylan: “La respuesta está en el viento”.

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