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domingo, julio 14, 2024

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Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Es una época loca, incierta, disparada, sin tregua en el tiempo, en la edad y en las costumbres. Es un vertiginoso transcurso de  la vida y de intentar la resolución de los problemas inmediatos, relativos o distantes. Inexistentes los espacios entre un acontecer y otro, para iniciar el  descontento, el asombro, la duda o el enfrentarse a la realidad y por eso cada amanecer es el empeño en buscar la verdad y la seguridad de las cosas, de las circunstancias, de las gentes; de establecer dónde está, quién la tiene o a qué atenerse. Y en ese ajetreo, objetivo, virtual, escrito o hablado, discurre un día incursionando en aquellas entretelas de la cotidianidad, en un ir y venir desde las redes sociales, atiborradas de embelecos o distracciones estériles, pasando y volando a través de noticias de variada índole, hasta llegar a los albores de una franja de presuntos gurús o profetas de una generación estancada y abrupta. Así, es más que obligada e imperativa la necesidad de voltear la página y de acudir de súbito, como si  se tratara de una emergencia, volver a la historia, a la filosofía, a los tratados, salir a indagar en los principios y en los periodos quizás similares, cuál de todos los pueblos o las etnias, tuvieron semejantes incordios vitales y la forma indicada en el cometido de hallarles el punto definitivo a las incomodidades materiales y morales experimentadas.

Y es un acierto y fácilmente comprobable, la enseñanza contenida en las sabias instrucciones y consejos de los técnicos, el recurrir a las entrañas de una figura retórica, de una obra monumental, de un mensaje literal en el despertar de una mano generosa y amiga, encontrada al azar o intencionalmente, en lo trajinado o en lo no verbal, a modo de biografía, de estudio, de reflexión. Y hecho y dicho lo anterior, cuando  han ocultado millones de ocasos, de lunas llenas o de noches iluminadas y  ciérnanse sobre los cabellos hilos blancos, no hay refugio mayormente saludable y reconfortante, menos aún diferente, al estar volcado hacia los estantes de una biblioteca o de un aparato de sonido, resguardándonos en una atmósfera de metáforas elocuentes, de composiciones melódicas y dejándonos llevar de las letras, las alegorías, las inquietudes y los razonamientos de los legítimos propietarios del conocimiento, a la sazón de un ciclo ilustre o de una incruenta batalla con la supervivencia, el raciocinio o las ideas. Es posible estemos influenciados en un ambiente caracterizado y aterrizado en recoger conceptos y nociones olvidadas y mal interpretadas, verbi gracia, la ética, la justicia, la lógica, en corrientes del pensamiento europeo, en el resurgimiento de unas doctrinas consideradas anacrónicas y anticuadas. Empero, ante la crisis abiertamente  manifiesta y ostensible, en medio de los nubarrones cubriendo  el horizonte, resulta vivificante y útil, asistir a la explosión y sinceramiento de sus emociones. Traslado de lo interiorizado, a una sacudida informal y poco usual, de especular y de extrovertirse.

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