Neverg Londoño Arias
En medio de la incursión de la tecnología en el aula de clases como alternativa de la pedagogía para tiempos nuevos incluyendo aquellos de desastre, maestros, maestras y estudiantes siguen sus caminos hacia la consolidación de ciudadanía y futuro: lo humano adherido a lo humano.
Cada uno de nosotros lleva un maestro en el corazón; el mismo que hizo posible que lográramos el milagro de leer, escribir y contar, descubrir esos mundos inciertos más allá de los tiempos de la escuela, del aula, de los recreos y las vacaciones, de los aprobados y los no aprobados, de los “años repetidos” y de los felices únicos momentos de los grados.
Maestras y maestros alimentan la imaginación y el conocimiento en obreros y artesanos de la palabra y la ciencia: escritores, investigadores, artistas e inventores, gobernantes, clérigos y políticos, médicos e ingenieros; descubren en cada uno su talento y enseñan la disciplina y la paciencia para llegar al éxito; muestran los caminos de lo ético para ser copartícipes del mundo humanizado y enseñan con su ejemplo que el heroísmo es una forma de eternizarse en silencio, con el servicio a los demás.
Son los nombres que dicen algo en la vida de muchas personas: la señorita Eloína, don Arturo, don Duván, don Jaime, don Hugo, don Rafael, don Leonidas, don Humberto, don Delio, don Tilo, la Dra. Julia, el Dr. Danilo y esa lista interminable de hombres, mujeres y nombres de gran paciencia, que por algún motivo del destino tuvieron fe en nosotros: su voz en el tiempo, su futuro.
El Nobel de Literatura Gabriel García Márquez brinda su premio “…A mi primera maestra del Colegio Montessori de Aracataca, que a los cinco años me enseñó a amar la literatura”.
El Nobel de Literatura Albert Camus, a su maestro: “Querido señor Germain … “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted (…) la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto”.
El poeta Gabriel Celaya canta: “Educar es lo mismo que poner motor a una barca… hay que medir, pesar. equilibrar… y poner todo en marcha (…) “Pero es consolador soñar mientras uno trabaja, que ese barco, ese niño irá muy lejos por el agua. Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras hacia puertos distantes, hacia islas lejanas. Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestra propia barca, en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada”.
