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domingo, abril 21, 2024

Héctor Tabares VásquezLA OTRA CIUDAD

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La que conocimos en una época quizás romántica, pero inolvidable. Mucha agua ha pasado debajo de los puentes y sería una insensatez mencionarla de manera negativa o despectiva en cuanto no obstante el cambio radical en diversos ámbitos y circunstancias, conserva incólume la belleza y el encanto de siempre, de ese aire majestuoso de ciudad, de un entorno pleno de alegrías y de afectos, de amistad y de puertas abiertas a todo el deseoso de venir a visitarla o a vivir en ella. Hoy advertimos el asedio ante un cúmulo de gentes atraídas precisamente en atención a sus virtudes, porque han encontrado un lugar adecuado donde laborar, trabajar y gozar de los atractivos. No podemos asumir una actitud hostil frente a esa masa humana desplazada a lo largo y ancho de la urbe, haciéndonos sentir extraños y fuereños cuando nos dirigimos a ciertos parajes y zonas  no hallamos sino viajeros, familias y multitudes ajenas a nuestros usos y por ningún lado uno de los suyos, bien a raíz del tiempo transcurrido, ora a causa de los traslados masivos de quienes  honran el terruño gracias a los acercamientos y propician un grueso volumen de habitantes de variados lares, regiones y países. Es muy grato saber, comprender y experimentar una especie de satisfacción individual, de adentrarse en el complejo mundo de la inmigración, para albergar mayormente sabores positivos y constructivos en la medida de discernir a cabalidad y sobre todas las cosas y superando  los criterios y conceptos habidos y generados, el meterse en las zapatillas de otro  y asimilar la convicción de una decisión tomada respecto del punto propio de ir a residir y cuál sitio buscar en cuyo seno y medio ambiente, haya la posibilidad de realizarse y de estar persuadidos de la escogencia y mostrarse ufanos de una determinación de tanta relevancia. Aspectos de un rango así engrandecen y obligan a retribuirse y agradecerse. Empero, no en el imperativo de recibir recompensa o de llevar a cabo una petición indecorosa, sin embargo, de buen agrado aceptar como contraprestación un comportamiento a tono con la amabilidad de la acogida. Constituiría una magnifica cortesía de las partes a las cuales les damos la bienvenida, obren en consecuencia y tengamos la fortuna de efectuar alrededor de ellos un encuentro de cierta entidad y categoría capaz de convertir el hábitat en un firme refugio y en un clima de paz y de confraternidad. A modo de exigencia social, unos y otros proceder bajo las reglas sanas y saludables de una convivencia de tal naturaleza y confiabilidad hasta el extremo de actuar sometido a la égida de las normas de un respeto mutuo, en el trato, en las costumbres y en el entendimiento de ocupar el mismo espacio, regidos en similares bases, anhelos y detrás de un futuro especialmente sólido y riguroso. Percibirse al unísono entonando el trascendental y ancestral dicho a voz y en cuello, “Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos.” Y todos a una a lo Mosqueteros, luchando en pro de un bienestar común.

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