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jueves, abril 25, 2024

Guerrillas y la Primera Línea (2)

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Si alguien me dice que yo no existo y que las cosas que he considerado como “reales” no lo son, pensaría que no está cuerdo. Pues eso es lo que vengo discutiendo desde enero de 2019 en esta columna como el fundamento del posmodernismo. Con esta apertura, el lector que llega por primera vez a mis escritos puede tener una idea de la dificultad que implica entender el posmodernismo y la Nueva Izquierda. Los seguidores de Gustavo Petro tampoco lo entienden.

Mi “realidad” es virtual o constituida por símbolos o palabras como es el mundo de internet y las redes sociales. Desde cuando aprendemos a hablar, la familia y la sociedad nos matriculan en unos cuentos o historias que me dan mis identidades de cristiano, uribista, izquierdista, colombiano, entre otras, y un nombre. Esas historias son mi “realidad” simbólica y por eso voy a misa, voto por Petro o por Uribe y soy fanático del deportivo Pereira. Mi yo es virtual también, solo un nombre, un algoritmo que se transformará cuando “yo” muera en un simple recuerdo de las personas que me amaron. El yo o sujeto no muere porque es solo un algoritmo o conjunto de datos que los algoritmos de internet como Amazon o Google manipulan, venden o negocian. 

El pensamiento posmoderno nació de esta certeza: el sujeto no existe. Y eso lo cambia todo. De allí surgió la teoría queer o el enfoque de género incorporado en nuestra Constitución Nacional por el Acuerdo de paz y que la Corte viene aplicando en sus fallos sin captar la crisis del sistema pensional que producirán. Como para la teoría queer no hay identidades de género, cualquier hombre puede decir que es mujer, ir a una notaría para registrarse como tal y pasar a Colpensiones para que lo jubilen a los 57 años, cinco años antes que el resto de los varones, si es que todos no aprovechan.

Si nosotros creemos en las identidades, el posmodernismo las sustituye por “agenciamientos”. Si mi identidad de cristiano o izquierdista crea una solidaridad con quienes comparten esas identidades o ideologías, el agenciamiento no es una relación entre sujetos (que no existen), sino “una relación de co-funcionamiento entre elementos heterogéneos que comparten un mismo territorio (no ideología) y tiene un fin”, según la definición de Félix Guattari, autor de Revolución molecular, el texto que teorizó la Primera Línea.  

Un ejemplo de agenciamiento. Un joven llega a su casa, no saluda, se encierra en su cuarto con su mascota y su celular. Renuncia a su condición de sujeto y a las identidades compartidas con padres y hermanos para convertirse en un simbionte en su relación de agenciamiento o de simbiosis con su perro; también asume su condición de algoritmo (no de sujeto o persona) para tener un agenciamiento con los algoritmos de internet. Ese joven está en la modernidad cuando dialoga con sus padres en la sala; en su cuarto vive en la posmodernidad.

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