¡Fuerza Pereira!

Neverg Londoño Arias

Pereira nació la primera vez en 1554 sobre un manto de ceniza volcánica, acunada por la selva entrañable, la montaña refrescante y la nostalgia del indio desposeído; pero una catástrofe producida por una inexplicable huida obligó a la naturaleza a retomar el lugar y asegurar su permanencia. En una soleada mañana de 1863, un grupo de notables entre caucanos, vallunos y antioqueños, resolvió regresar a recoger los recuerdos de los abuelos que habían quedado dispersos en aquel pueblo abandonado, programar una primera resurrección y sobre las ruinas coloniales construir una ciudad diferente que apuntara hacia el progreso.  Apareció el pueblo pequeño de casas de bahareque y guadua, ventana, balcón y techos en teja de barro y estructura flexible. Pero más allá en el tiempo, la rigidez del hormigón de los nuevos tiempos, confluyó en una ciudad moderna: selva de cemento, dura, quebradiza y poco resistente. 

 

Una mañana de lunes soleado la ciudad despertó para iniciar las rutinas de la semana. Habíamos alcanzado a saborear el primer tinto del día cuando en un instante de 94 segundos, en el clímax de las cosas inesperadas, se sintió el remezón; la tierra sacudía su cuerpo milenario, liberaba sus ataduras y una vez mas llenaba el ambiente de destrucción y desconcierto reclamando sus espacios. El caos se apoderó de las cosas inútiles, las altas construcciones se bamboleaban en una danza siniestra y su crujir se escuchaba como un canto al desespero de las personas complementado con las oraciones de los creyentes, los gritos de los temerosos y los pedidos de socorro de los heridos. La ciudad bombardeada por la naturaleza quedó herida. Cuentan que las construcciones cayeron como fichas de dominó; la muerte y la desolación llegaron a tiempo. 

 

Un extraño letargo ha venido acompañando este duelo de siglos. Los días no son iguales, asoman las carencias y los más fuertes se quiebran ante el desamparo y la tragedia.  La casa construida con ahorros y cesantías ya no existe, pero queda la vida y esa extraña fibra de la que está hecha nuestro pueblo para sobrevivir a la adversidad. Llega la solidaridad, rescatistas de vocación y perros generosos buscan vida; pero aún no se logra dar respuesta a los “por qué”.

 

Pereira nacida una vez sobre los escombros de la primera fundación volverá a resurgir; aprendimos a levantarnos con la frente en alto, sacudirnos, limpiar el barro pegado a la piel, recoger los escombros e iniciar nuevamente la tarea para dar nueva vida a la ciudad que siempre ha sido nuestra.

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -