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jueves, febrero 22, 2024

Etiología de la corrupción. Apuntes historiográficos (VII)

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Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Los actos de corrupción, siendo la cleptocracia (“la hegemonía del robo”) el más conocido, se volvió algo tan común a lo largo de la última centuria que pasó a formar parte del “ethos cultural”, término reconocido por los científicos sociales y que guarda relación con aquellos comportamientos que pasan a ser reconocidos como algo habitual, inherente y cotidiano que, aun siendo antiético, termina por ser aceptado como algo “normal” e inevitable por una comunidad que no sintiendo en modo alguno afectado su sistema de valores, se resigna a ello como algo inexorable y casi necesario (“roban, pero hacen”). Se establece así, una relación indisoluble entre prácticas mesiánicas y populistas (“Pan y circo”) con “moralidades prebendarias y éticas cleptocráticas”, bien descritas por el sueco Karl Gunnar Myrdall. Este premio Nobel de economía 1974 desnudó estas “prácticas sépticas”.

Según Myrdall, la “diplomacia investigativa” de su tiempo en materia de gobernabilidad y planeación, intentaba eludir ciertos “temas vergonzantes” tales como la guerra del Vietnam y las relaciones de aquel tiempo entre poder, mafia y corrupción. “La paradoja de Myrdall” mostró una extraña simbiosis: el sector privado opera bajo la lógica estatista (pide y vive de subsidios y prebendas) y el sector público opera bajo una lógica privatista (funcionarios que manejan los recursos públicos como si fuesen privados). Los ejemplos sobran: sólo así se puede entender cómo logró sobrevivir el imperio napoleónico (1804-1815), al igual que los sobrecostos financieros por más de 8 millones de libras en oro de la casa banquera judeo–alemana de Nathan Rothschild durante la guerra de Waterloo que beneficiarían al duque de Wellington, al banquero y a la corona inglesa. Faltaría aquí mencionar a Lincoln.

El decimosexto presidente de los EE. UU. fue un controvertido protagonista de la guerra de Secesión (1861–1865), considerado uno de los conflictos más sangrientos y una de las épocas de mayor crisis moral, constitucional y política que ha sufrido la nación estadounidense. Se cuenta que, para conseguir la abolición de la esclavitud en 1865, Lincoln tuvo que recurrir a acciones corruptas tales como sobornos, tráfico de influencias y cohechos, prácticas “non sanctas” que le permitirían asegurar la votación de la enmienda constitucional. Para lograrlo, requería del voto favorable de dos tercios de la Cámara. En Europa fue bien conocida la tesis prusiana y maquiavélica de la “Realpolitik” del político y militar Otto von Bismarck. El “canciller de hierro” fue ficha clave de la unificación alemana y una de las figuras relevantes en el mundo geopolítico de la segunda mitad del siglo XIX.

Por la pasarela de la infamia y la corrupción, a lo largo del siglo XX desfilaron regímenes absolutistas de todos los pelambres que intentaron con toda clase de artilugios, perpetuarse en el poder. Desapariciones, desplazamientos, trabajos forzados, condenas a muerte, destierros, suspensión de derechos civiles… Todo un sinnúmero de prácticas violatorias de derechos humanos, fueron los fundamentos políticos y jurídicos de estos gobiernos totalitarios. La degeneración ética de grandes élites industriales y financieras llamadas cárteles, llegó a su máxima expresión con las dos guerras mundiales. Henchidas de poder económico, salieron tras el efímero y absurdo sueño del poder político, primero al interior de sus países, luego detrás de la oprobiosa y ambiciosa quimera neocolonialista, letargo del cual tuvieron que despertar cuando sus víctimas se tornaron en sus verdugos.

gonzalohugova@hotmail.com

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