Juan Guillermo Ángel Mejía
HONORES Y VALORES
Dice y repite, el derrotado candidato Cepeda, que no reconoce al nuevo presidente Abelardo de la Espriella puesto que juró defender la Constitución de los Estados Unidos de América, dado que es ciudadano de ese país.
Como es ya costumbre de los progresistas, el nombre genérico que han adoptado los: comunistas, socialistas y petristas, siempre la culpa es del otro, caso que es bien evidente cuando le recuerdan que su presidente, Gustavo Petro, es ciudadano italiano, pregunta a la repite lo del compromiso adquirido de respetar y acatar la Constitución del país que le ha otorgado la ciudadanía.
El artículo 54 de constitución italiana establece claramente: “Tutti i cittadini hanno il dovere di essere fedeli allá República e di osservarne la Constituzione e le leggi”. Es decir: “Todos los ciudadanos tienen el deber de ser fieles a la República y de observar su Constitución y sus leyes”.
A lo dicho agrega, a quien consultamos: Cuando la ciudadanía se adquiere mediante determinados procedimientos de naturalización o concesión, además existe un juramento formal antes de que la adquisición produzca efecto. El artículo 10 de la ley italiana n. 91 de 1.992 dispone que el decreto de concesión no tiene efecto si la persona no presta juramento de ser fiel a la República y observar la Constitución y las leyes el estado.
Abunda el consultado al resaltar de ser fiel al mencionado artículo 54 se mantiene aún en los casos de haber adquirido la ciudadanía por el jure sanguinis o sea por descendencia y además es claro que ese deber alcanza, en principio, también al ciudadano italiano que reside en el extranjero.
Señor Cepeda usted y todos los legisladores electos de su partido, como lo hicieron antes Santos, Samper y su presidente, quienes al violar su palabra y desconocer las normas vigentes del Colombia han des horrado, incumplido con el juramento de respetar y defender la Constitución y las leyes de la República.
El harakiri era el suicidio con el cual un guerrero japonés demostraba que prefería morir antes que vivir sin honor, algo que también era la base del código de los caballeros del medioevo, y que también se encuentra el la tradición de: las legiones romanas, los espartanos, los vikingos, en los pueblos nativos de nuestra América y en los militares modernos, para quienes el honor es fundamental, valor que encontramos en ejemplos en el ejército colombiano, como el más reciente, de aquel oficial quien rechazó la oferta en la que le ofrecieron la libertad a cambio de reconocer delito que no cometió; prefirió la prisión antes que violar ese código sagrado para un guerrero honesto.
Qué es el honor entonces, se refiere a la dignidad, a responder con la palabra empeñada, es la obligación de cumplir con el deber, es lealtad, integridad, respeto por la ética, aunque ello implique sacrificios.
El honor no solo es aplicable a los guerreros, también se puede entender, comparándolo con sus opuestos; este atributo es contrario a: mentir, a engañar, a la corrupción, a valerse del poder en beneficio propio, vulnerando derechos que afecten a terceros.
Los recientes casos notorios en los cuales se vulneró el honor los encontramos de una parte en el pasado mundial, donde la FIFA, y los árbitros, autoridades que tienen la potestad de sancionar, actuaron de manera deshonesta y posteriormente oportunista, tarde para reparar a las víctimas.
Algo comparable está ocurriendo con la JEP. La Corte de Justicia que resultó de la violación de la voluntad de los colombianos y ente que después de casi diez años, produce, a la carrera, sindicaciones y fallos contra crímenes de lesa humanidad, impunes y desestimados durante toda su existencia y que, por coincidencia, sorpresivamente aparecen cuando, como en el caso anterior sienten pasos de animal grande.
