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viernes, julio 19, 2024

ESCAMPAVÍA

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Cambalache y Civismo

Enrique Santos Discépolo dijo: “que el siglo veinte es una maldad insolente, no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue y en un mismo lodo, hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, choro, generoso, estafador, todo es igual…….” Pero, viejo bardo, lo que ocurre en el siglo veintiuno es peor.
Que hay congresistas que se venden, eso ya lo sé, la justicia ha encontrado culpables, solo unos pocos, cuando los ladrones son muchos más, cosa que bien lo saben quienes han dominado el templo de la democracia recientemente, sino pregúntele a: Roy, a Benedetti, al ministro de gobierno y se confirma por la manera como se han aprobado leyes, a la brava y sin debate.
Este mal ha permeado toda la estructura política, basta escuchar a legisladores cuando defienden prolongar por décadas una concesión que poco o casi nada favorece a quienes los han elegido; son aquellos quienes se derraman en prosa para desacreditar la obra pública, aquella de la que guardianes deberían ser, para acolitar que se gaste allá lo que se produce aquí y de esta manera se hipoteque por décadas sin fin los recaudos con los cuales deberíamos resolver nuestros problemas viales.
En nuestro entorno, recientemente, nos encontramos con uno de esos poderosos administradores de cosa pública que para responder al reclamo de los afectados por la propuesta de mantener y disfrutar de esa mina, en vez de terminar con esos dineros lo que se comprometieron a hacer, están regalando, cuando no pagando favores como nunca antes se había visto, esto nos hace pensar que, si lo que es peculado por destinación para el sector público, debería hacerse extensivo para el privado que destine el producido por los impuestos, para cosa diferente a lo que se le encomendó, el objeto de la concesión.
Otros mudan de la crítica a la alabanza de la noche a la mañana, vuelta canela de conducta cuya razón se esconde pero que, como una borrachera o un enamoramiento, o una riqueza que aparece de la noche a la mañana, se hace evidente y como la preñez, acaba notándose.
Con angustia, algunos buenos ciudadanos reclaman por la pérdida del civismo que tenía nombre y apellido, aquello que unía a quienes entregaban sin pedir recibo, así, en Pereira, el hospital se erigió en terrenos donados, el batallón, el aeropuerto, la villa Olímpica, las carreteras y avenidas todas ellas se construyeron con el apoyo incondicional de la comunidad, los convites eran una fiesta en la que la gente emulaba para dar, como lo hacen los pocos a quienes les reconoció ayer el Banco de Sangre Aleyda Mejía, a los cincuenta donantes voluntarios permanentes, quienes practican quizás la más bella forma de civismo, regalar vida con la única recompensa de saber que han salvado a un niño o a un anciano o a una víctima de la violencia que hoy padecemos y que nos coloca en el podio de los países más peligrosos de América y del mundo, ¿no es así señor ministro de la defensa?.
A quienes buscan los rescoldos del civismo deben considerar que no habrá civismo cuando primen los intereses particulares sobre los colectivos, no puede haber civismo cuando con ese apellido se esconde la entrega de lo público a lo privado, y menos cuando hacer civismo se confunde con hacer negocios o lo peor cuando media la deshonestidad.
Coletilla: Como Autopistas del Café construyeron el paso elevado sobre una autopista de Dosquebradas, con ello reconocieron que las vías urbanas que conectan las tres capitales hacen parte de la concesión y por lo tanto, de la misma manera, deben responder por el mantenimiento y cuidado del viaducto César Gaviria, de la Avenida del Ferrocarril y de las congestionadas de Dosquebradas.

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