Entre el fanatismo y la arrogancia

“Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá.” Mateo 12:25

Colombia atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, no solo por las crisis institucionales y económicas que enfrenta, sino por la pobreza del debate público que domina el escenario político, el país parece atrapado entre el fanatismo ideológico de una izquierda que no admite críticas y una derecha estridente que confunde liderazgo con espectáculo.

Intentar debatir con ciertos sectores de izquierda se ha convertido en un ejercicio inútil  basta una opinión distinta para ser señalado como “ultraderecha” o enemigo del pueblo, sin que pueda existir un diálogo democrático cuando el desacuerdo termina convertido en agresión moral, pero del otro lado tampoco hay alternativa seria, el discurso de Abelardo de la Espriella recuerda el mismo caudillismo confrontacional de Rodolfo Hernández, donde el ego y la burla terminan reemplazando las ideas.

El resultado se conoce, polarización, debilitamiento institucional y un país cada vez más dividido, Colombia no necesita mesías políticos ni figuras construidas alrededor del culto a la personalidad; necesita líderes capaces de generar consensos y defender democracia incluso por encima de sus intereses personales. 

La supuesta moderación no ha demostrado verdadera grandeza, Sergio Fajardo insiste nuevamente en aspiración presidencial que parece responder a una obsesión personal que a una lectura responsable del país, otros candidatos sin respaldo ciudadano siguen defendiendo proyectos inviables por orgullo político, incapaces de construir una candidatura unificada frente al deterioro democrático que hoy enfrenta Colombia. 

Las advertencias del abogado constitucionalista J. Mauricio Gaona sobre una constituyente no debería tomarse a la ligera, la historia latinoamericana muestra que las democracias no siempre caen por golpes, sino por reformas nacidas de la polarización y el resentimiento mientras Colombia necesita instituciones fuertes y una ciudadanía capaz de pensar más allá de los extremos entre fanatismo y arrogancia, el riesgo es quedarse sin democracia. 

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -