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sábado, mayo 18, 2024

El voto obligatorio

Es tendencia

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Oscar Alberto Díaz Garcia

Columnista

Han transcurrido dos mil tres cientos setenta años y el pensamiento aristotélico sobre la democracia continua vigente; a su juicio, las peores formas de gobierno eran la tiranía, la oligarquía y la demagogia. Entendiendo la demagogia, como la forma patológica de la democracia. Se aproximan las elecciones más importantes de la historia de la República  y después de inmensas  frustraciones, las eternas por un congreso corrupto y falaz, más las dos de Santos, sería prudente detenernos a pensar en las próximas,  catastróficas si llegase a ganar el más demagogo de todos: Petro. 

Víctor Sampedro Blanco en su obra “opinión Publica y Democracia deliberativa” hace una afirmación  que  nos  invita  a   revaluar  el concepto  actual  sobre  esta realidad;  según el autor citado “Los políticos  y  los periodistas, con los encuestadores, dicen representar  a la opinión publica pero también la gestionan”  Los comunistas de las Farc impulsados por Santos y con la apatía de Duque se abrogaron el derecho de  remendar la constitución representando el  pueblo. Los políticos y los medios reducen la participación ciudadana a consumir información,  responder encuestas direccionadas y tramposas y por ultimo a votar.

  “La democracia  deliberativa debiera ir más allá, intentando  hacer compatible  la opinión publica, como suma de votos y encuestas,  con la opinión  de la calle y las  iniciativas de la sociedad civil.”

Aristóteles afirma que la  demagogia es  una  pésima forma de gobierno, evidenciado durante siglos, pero se puede evitar según Sampedro, mediante  la democracia  deliberativa. Tenemos así una buena fórmula, cuya aplicación  no se ha logrado  por la misma  reducción  de la cual  habla  Sampedro: consumir  información, responder encuestas e ir a las urnas bajo el influjo de los grandes medios.

Nos convertimos  en esclavos de la democracia y  sus libertades;  si  las iniciativas de la sociedad  civil  fuesen escuchadas  con atención por parte  de quienes dicen representarla, avanzaríamos, para  que mediante la deliberación el legislador considere alternativas como  imponer el voto obligatorio, que debe cobijar a todos los ciudadanos incluidos quienes portan legalmente las armas de la república; en América Latina somos el único país cuya fuerza pública no va a las urnas.  Debiera existir libertad para votar con el discernimiento que evite la politización sesgada, tendiente a desnaturalizar la democracia, con campañas políticas de una  izquierda que convalida todas las formas de lucha, incluidas las armas de las supuestas disidencias y los desafueros de la primera línea.

En la Grecia  de Aristóteles  los esclavos no tenían derechos políticos; hoy los abstencionistas  renuncian a ese derecho convirtiendo al ciudadano en esclavo de su  propia indiferencia, en esclavo de la falacia de los grandes medios que manipulan las encuestas y en unos órganos de control inservibles que terminan aceptando un bellaco escrutador prepago y atrabiliario. ¿A eso lo llamamos  democracia? A  Aristóteles le falto vivir en Colombia. Colofón: Duque,  devuélvanos la Republica,  aplace las elecciones.

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