*Por: Cristian Bohórquez
En la variedad está el placer, dicen por ahí. Pero no aplica siempre; pocas cosas como la diversidad pueden despertar, asimismo, en el individuo y en el colectivo, tanta incomodidad y angustia.
En la vida cotidiana, se valora y promueve lo opuesto a la rutina, que es la diversificación de actividades y la multiplicidad de experiencias. También, de la diversidad en cuestiones de flora y fauna se habla positivamente. Y por ello nos preciamos de tener uno de los países más biodiversos.
En economía, se aboga por una diversificación de ingresos, y en el mercado se esmeran la industria y el comercio en disponer para el consumidor la mayor variedad de opciones, buscando que cada una sea innovadora, distinta, única, novedosa, original.
Y en últimas, la aclamada insignia de la modernidad, es decir la libertad, no es posible sin la pluralidad, porque está bien puede medirse en la gama de alternativas reales entre las cuales elegir.
Es así, pues, que la sociedad ha visto en la diversidad un valor moral e incluso patrimonial. Sin embargo, paradójicamente, a buena parte de la misma sociedad —y a todos, aunque sea en distinta medida— le cuesta mucho aceptar y valorar la plenitud de sus posibilidades.
A la meta de deshacernos de nuestros complejos de aspecto físico y de índole histórica, sembrados por las narrativas triunfantes de la historia oficial y del cine rubio californiano, aparece la diversidad étnica como el palo en la rueda, aun cuando esta resultante de nuestros intrincados orígenes sea la apabullante realidad que efervesce ahí afuera, en la piel y las costumbres del vecino, y que se asoma con nosotros a diario al espejo.
Y sin terminar de asimilar aquella realidad, para la cual carecemos de suficientes anaqueles mentales para organizarla, nos asalta la intranquilidad de constatar que la afectividad no era solo una, sino que es en verdad diversa, así como las estéticas y distintas formas de ser en el mundo que se tejen a su alrededor.
Vale anotar que nuestra renuencia a aceptar la diferenciación social es un instinto que en sociedades tribales alimenta la cohesión entre semejantes y el esfuerzo frente a los contrarios. Pero esto, como reflexionó Umberto Eco, nos lleva a construir al enemigo, como tituló su ensayo, y a hacer la guerra.
Entonces vale superar ese instinto primario conducente al odio y reafirmar una educación en la diversidad, desde la cual la diferencia sea vista más allá de un reto a la tolerancia, como una fuente de libertad y de riqueza, en donde cada persona pueda ser apreciada también como cuota singular, novedosa y original de la humanidad entera.
*Docente Universidad Católica de Pereira
