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lunes, mayo 27, 2024

El siniestro encanto de las distopías

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La Vorágine

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El término “Utopía” fue acuñado por el humanista y teólogo inglés Tomás Moro en 1516. Así intituló su libro para señalar una isla en la que situó un sistema político–social ideal para organizar la vida de sus habitantes y proporcionarles felicidad. Conocemos de autores y obras que tuvieron el cometido socio–político de Moro. Destacamos algunos: Platón y la “República” (514 A.C.); San Agustín y “La ciudad de Dios” (426); Tommasso Campanella y “La ciudad del sol” (1602); Francis Bacon y la “Nueva Atlántida” (1626); Jonathan Swift y “Los viajes de Gulliver” (1726); H. G. Wells y “Una utopía moderna” (1905); Aldous Huxley y “Un mundo feliz” (1932). La lista la engrosan los socialistas utópicos decimonónicos, pioneros de la economía solidaria (Robert Owen, Henri de Saint Simon, Charles Fourier y Flora Tristán). Estanislao Zuleta fue un ácido crítico de la utopía.

En su ensayo “Elogio de la dificultad” (1980), Zuleta afirmaba que la imaginación se vuelve pobre e impotente al tratar de imaginar la felicidad. “Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha (…), sin carencias y sin deseos, un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición”. En el vano intento de idear vergeles, terminamos forjando infiernos. Se califica como algo utópico aquello que se considera bueno, esperanzador, justo, optimista y ensoñador. Presas de objetivismos y maniqueísmos axiológicos, se insiste en defender a ultranza la utopía, igual que a los fines, principios y valores. Fue en nombre de la utopía de una raza superior como el nazismo justificó los campos de concentración y los hornos crematorios; fue en nombre de la utopía socialista como el Stalinismo acreditó los pogroms y los gulags.

Es en nombre de la utopía de un Estado judío cómo el Sionismo viene exculpando el genocidio sistemático perpetrado contra pueblo el palestino. En nombre de las utopías libertarias, eudemonistas e igualitarias, se han justificado a lo largo ancho de los siglos barbaries, esclavitudes, etnocidios, dictaduras y ecocidios. El filósofo inglés John Stuart Mill utilizó la palabra “distopía” en 1868 para cuestionar las políticas gubernamentales de su tiempo. Desde aquel entonces, el término hace referencia a la condición hórrida, oprobiosa y alienante en la que podrían vivir los miembros de una sociedad determinada. Más que la utopía, es la distopía la que ha recibido una connotación peyorativa, infravalorativa, un maltrato semántico y axiológico… Podríamos decir que se ha llegado a criminalizarla al hacerla aparecer como algo catastrófico, maligno, destructivo y desolador.

Yevgueni Zamiatin y “Nosotros” (1924); George Orwell y “1984” (1949); Ray Bradbury y “Fahrenheit 451” (1953); Adolfo Bioy Casares y “La invención de Morel” (1940); José Saramago y “Ensayo sobre la ceguera” (1995), son algunos escritores y libros distópicos. La distopía no pulveriza los valores: es la antítesis de una realidad que nos interpela con paradójicas, serias e irónicas advertencias; antecede a cualquier alternativa de solución a los ingentes y críticos males que hoy nos agobian… Hastiados de falaces profecías sobre edenes de fresa y chocolate, el ciudadano del mundo, habitante de la “neo–utópolis”, acoge el sobrecogedor y contracultural espectro de las distopías. Con ellas reviste la desnudez quimérica y candorosa de sus imaginarios cotidianos con el traje de las nuevas utopías (heterotopías), expresadas a través de propuestas llamadas “socio–eco–topías”.

gonzalohvallejo@gmail.com

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