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viernes, julio 19, 2024

El síndrome del cretinismo digital

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Cuenta el doxógrafo griego Diógenes Laercio en su anecdotario presocrático, que el filósofo jonio Tales de Mileto estaba concentrado observando el firmamento y, al no fijarse en el suelo por donde caminaba, cayó en una alberca. Tracia, su esclava, al verlo en el fondo del pozo, rezongó: “Tanto que te preocupas por conocer las cosas del cielo y mira cómo queda oculto lo que está bajo tus pies”. Ahora no tropezamos por estar mirando las estrellas, sino por estar atrapados por el mundo evanescente del celular. Hemos perdido el sentido profundo de la observación para quedar sometidos e inermes ante la tiranía del Smartphone. El imperio de la globalización con sus fatuas tecnologías de la incomunicación ha creado un ejército de zombis, muertos vivientes que caminan errantes por las atascadas calles de las ciudades. El lema: “Pienso, tengo un celular, luego existo”.

Vivimos confinados en una burbuja mediática, eclipsados por la dimensión fantasmagórica de las redes sociales y seducidos por su mundo psico–cibernético. Esto nos ha convertido en seres indiferentes ante nuestro entorno, individuos incapaces de contextualizarse e interactuar. Presenciamos la llegada del “homo absortus” anunciada por el epistemólogo español Jordi Pigem (“Ángeles o robots: la interioridad humana en la sociedad hiper–tecnológica”, 2018). En este breviario ecosófico, Pigem arremete contra la era de la “mass media” que ha producido unos raros especímenes: fulanos y sutanos abstraídos e infoxicados, obnubilados por el rutilante brillo de una pantalla, trémulos ante la hegemonía de la información y el imperio del “dataísmo consumista”, seres retraídos, conectados entre sí, pero paradójicamente incomunicados.  

El naturalista inglés Charles Darwin, estudioso de la selección natural, afirmó en 1871 que el “bipedismo” fue uno de los factores fundamentales en el proceso evolutivo al lado de la relación funcional y simbiótica entre cerebro, lenguaje y manos. Éstas jugaron allí, un papel determinante y/o condicionador. Hoy por hoy, dicen los antropólogos, asistimos a un proceso involutivo: no solamente estamos abandonando la posición erguida, también las manos se han limitado a desempeñar una actividad rutinaria y mecánica. El “chateo” no es otra cosa que ese tecleo compulsivo y parafílico sobre un computador o un celular. Sabemos que el término “digital” viene del latín digitus que significa dedo, pero ese tópico nada tiene que ver con su empleo como bien lo hacen los artistas. Otro ángulo del asunto es visualizado por el neurocientífico alemán Manfred Spitzer en su obra “Demencia digital”.

Un artículo de la revista “Science” plantea que una mente dispersa es una mente infeliz. Cuanto menos estable es nuestra atención, menos fluyen las ideas. Sin atención no puede ser exitosa ninguna actividad bio–psico–social. La pérdida de esa acción vigilante al igual que el decrecimiento de la memoria, evidencia que también se está deteriorando parte de nuestra vida interior. El crecimiento sin freno de las distracciones banales nos está alejando de una plena presencia en el mundo y hace que la atención tienda a acortarse y desestabilizarse. Un estudio sobre los intervalos de concentración (“curvas de atención”) como factores básicos en el aprendizaje, indica que se está dando una disminución generalizada de éstos. Esto ha desencadenado episodios continuos y más recurrentes de angustia e insatisfacción… Surge una pregunta: ¿por qué cada día somos más infelices?

gonzalohvallejo@gmail.com

 

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