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domingo, junio 16, 2024

«El show debe seguir»

Es tendencia

¡Y refundaron a Claudia!

¿Y quién controla?

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Hoy hace 100 años, el 22 de mayo de 1924, nació en París —en el barrio Latino y cerca de la Sorbona— el más grande cantante francoparlante de todos los tiempos, Charles Aznavour. Contra todos los pronósticos e incluso las críticas, este ícono de la canción popular francesa, se encumbró con trabajo y sacrificio. Hijo de inmigrantes, pobre, feo, de estatura muy baja y con voz ronca como «de tarro», Shahnourh Varinag Aznavourián, (su nombre de nacimiento), creó de sí mismo un personaje arrollador y carismático que poco a poco se robó el corazón de los franceses que supieron reconocerlo como suyo y cayeron rendidos a sus pies. Muy pronto conquistó también al público estadounidense y después vino el mundo entero; grabó en seis idiomas y se paseó por todo el planeta —especialmente Latinoamérica— flechando corazones con sus canciones descriptivas y románticas.  

El «Sinatra francés» empezó a cantar en las calles parisinas igual que lo hizo, antes de él, su mentora, mecenas y amiga Edith Piaf, con quien vivió ocho años y quien se convirtió en su fuente de inspiración. De la diosa fue su chófer, su amigo, su confidente y también su compositor. «Yo aprendía observándola y escuchándola», dijo alguna vez. 

Pero no solo fue la calidad interpretativa la que llevó a Aznavour a la cumbre. Fueron también sus letras y sus canciones que fusionaron el espíritu libertario, romántico y cosmopolita de su ciudad con las penurias y afanes de los jóvenes inmigrantes. Para caminar y apreciar a París, sus calles y sus barrios —especialmente Montmartre— es necesario conocer y disfrutar primero «La Bohemia», un himno en el que el artista describe impecablemente el carácter y la esencia de la «ciudad luz». 

La huella de Aznavour es, además de enorme, impresionante. Cantante, compositor, poeta, actor, director, bailarín y diplomático nos dejó más de 1000 canciones de su autoría, más de 100 millones de discos vendidos, 8 décadas de carrera musical, más de 300 discos publicados, más de 1400 canciones grabadas, 80 películas filmadas y cientos de premios, títulos, medallas y homenajes. 

Cuando Charles murió, hace casi seis años, escribí: «Sus letras desgarran cuando la nostalgia nos invade al evocar con ellas el ayer que nos dibuja: “… teníamos salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos … hacíamos castillos y el ansia de vivir nos hizo resistir y no desfallecer …” Añoranzas de una historia que no vivimos pero que calca las vivencias de nuestra juventud. Así sucede con cada una de sus canciones: nos hace deambular por la existencia trayéndonos a la memoria recuerdos que se atiborran de melancolía, dejándonos invadidos de ese sentimiento tan difícil de definir pero tan fácil de sentir que se llama la bohemia».

Pero si París quedó retratada en sus letras, no menos impactante fue el sello nostálgico que Aznavour le imprimió a Venecia, el bello puerto del Adriático. La culta, esplendorosa y musical ciudad extrañará por siempre al cantante y compositor de «Venecia sin ti», aquella canción que nos arruga el corazón siempre que la escuchamos y que nos hace sentir la piel herida ante la insoportable ausencia del amor. 

Es curioso que apenas tuve uso de razón Charles Aznavour era ya un genio universal que de inmediato se convirtió en compañero inseparable de bohemia, de seducción y de nostalgia y ahora —seis décadas después— sigue endulzando mis oídos con la misma fuerza, invitándome a evocar tantas vivencias del pasado y a soñar con muchas más. «El show debe seguir» fue su frase favorita y es un mandato perentorio para quienes somos sus eternos admiradores.

 

 

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