Neverg Londoño Arias
Con el único propósito de suavizar el entorno de tanta noticia adversa, vamos a recordar una vez más esos episodios de nuestra historiografía local. Todo confluye al mes de Agosto, siempre determinante para la vida de los pereiranos: un día 9 de 1540, el Mariscal Jorge Robledo funda a San Jorge de Cartago en tierra de los Quimbaya y asegura para sí los terrenos del oriente de la ciudad. Avanzada militar encargada de controlar la arremetida de nativos no sumisos y facilitar la apropiación del oro, con el uso de la mano de obra indígena esclavizada.
La ciudad se desarrolló durante 150 años, 8 meses y 12 días entre calles, plazas, viviendas, iglesias y conventos, alcabalas, una generosa red de ríos y quebradas, tierras aptas y cerca de 106 vecinos jefes de hogar, 14 mujeres cabeza de hogar: aproximadamente 1.000 habitantes.
Cuando el lugar había agotado sus fuentes de subsistencia el Presbítero Manuel de Castro y Mendoza y el Capitán Joseph de Mendoza y Bueno, y las familias Rojas, Bedoya, De la Cerna, Yuste, Mendoza, Bueno y Salazar; aduciendo escasez de mano de obra indígena, baja producción de oro y bloqueo de caminos por insubordinados indígenas, decidieron aceptar la propuesta de compra de unos terrenos propiedad de las familias Yuste y Bueno de Sancho, entre los ríos Cauca y la Vieja. El 21 de abril de 1691, la ciudad colonial acosada por una extraña premonición macondiana vio como sus habitantes empacaban sus bártulos, el archivo civil, y las imágenes sagradas, e iniciaban su camino a tierras más cálidas, 28 kilómetros hacia el occidente, seguidos de perros, gatos, gallinas, cerdos, vacas y mulas. El acta de traslado: “documento capitular y eclesiástico protocolizado por líderes específicos”, determinaba cuánto debía pagar cada vecino por su nuevo predio a los propietarios, que de paso hacían un excelente negocio. Los mineros terminaron siendo agricultores, ganaderos y comerciantes, con vías fluviales navegables, aunque el tesoro por el cual asaltaron a La Vieja, sigue oculto en los vericuetos de la leyenda.
La ciudad abandonada durante 172 años, 4 meses y ochos días; recuperada por la naturaleza, se convirtió en cruce de caminos, varias posadas, una o dos grandes haciendas dedicadas al cultivo de la caña y refugio de patriotas perseguidos. Sobre parte de aquellos terrenos comprados por Francisco Pereira, vecinos de Valle y Cauca dirigidos por el Presbítero Remigio Antonio Cañarte y el educador Jesús María Ormaza, el 24 de agosto de 1863, lideraron la tarea de reconstruir la antigua ciudad sobre sus recuerdos.
