Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Las metáforas de Juan Gabriel Vásquez (“El ruido de las cosas al caer”, 2011) sobre el derrumbe psicosocial que produce un sismo; los relatos de Alíster Ramírez M. (“Mi vestido verde esmeralda”, 2003) asociados con el terremoto de Armenia (1999) y el poema del escritor mexicano Juan Villoro (“El puño en alto”, 2017), conforman el marco narrativo que permite, en días luctuosos, hacer un breviario sobre las dolientes mixturas prensadas en el matraz citadino por el pistilo hermenéutico de aquellos alquimistas de la palabra hecha acto. Ciudades ruinosas, edificios colapsados, paisajes polvorientos, réplicas crujientes, cadenas humanas, brigadistas insomnes, mineros gris basalto, topos humanos, puños en alto, minutos de silencios no decretados, soldados no reclutados, subalternos sin jefes ni preceptos, héroes sin condecoraciones ni uniforme, ojos enrojecidos y gargantas secas…
Manos laceradas y esa supervivencia intuitiva convertida en fraternidad de cuadra, barrio o vereda… En medio del trágico desastre sísmico, emerge la metáfora del puño en alto como puente que une el horror del siniestro con la esperanza de encontrar vida en medio de los escombros. Éste deja de ser un símbolo de poder caudillista–populista almibarado con el néctar del narcisismo y el voyerismo políticos. El puño en alto se convierte en símbolo empático y solidario con un profundo significado humanista, filantrópico y civilista. A partir de los sismos de México (1985–2017), este ademán se convierte en insignia global de rescate. El silencio se vuelve imperativo vital: es la señal que ordena apagar maquinarias; parar picas, cinceles y palas; dejar de remover polvo, piedras y escombros para que, rescatistas mudos y expectantes, conjuren ruidos y miedos, capten golpeteos…
Perciban gimoteos, rasguñeos, o la débil voz de algún sobreviviente. El silencio se torna en medio activo de salvamento. Es el único evento donde se acepta la horizontalidad del liderazgo comunitario. La orden no la dictan militares gritones o histriónicos gobernantes, sino cualquier brigadista o voluntario que cree haber escuchado la voz de alguien que pide ayuda. La obediencia es inmediata: todos respetan el gesto espontáneo y entran a formar parte de un todo civil y orgánico que supera cualquier protocolo burocrático. El puño en alto ya no divide ni contamina la lucha: es acto gestual que denota unidad y fuerza colectiva y simboliza la resistencia fraterna e inquebrantable que enfrenta al dolor, la pesadez de ladrillos, cemento y hormigón y la rigidez draconiana del dato. Se inicia así, un ritual sublime y excelso propio de liturgias silenciosas llenas de fe, pasión y optimismo.
El rescatista levanta el brazo; el voluntario lo ve y alza el suyo; los cubeteros imitan el gesto… Finalmente, los curiosos y familiares se aquietan expectantes y contritos. Los congregados (estudiantes, empleados, médicos, militares y gente del común), conforman ese ejército de obedientes civiles que, borrando cualquier tipo de barrera social, están prestos a acatar la señal. Ese puño en alto no es un gesto beligerante de protesta o denuncia. Concentra la fuerza física, sígnica y teleológica de rescatistas dispuestos a oír hasta sonidos inaudibles que permitirán salvar vidas. En la febril espera, los ojos están puestos en la grieta; los perros husmean y los rescatistas aguzan el oído sobre losas de concreto. La señal es clara y obvia: o bien el puño baja y brotan los aplausos, o desciende con desgano y los dedos se abren estoicamente invitando a que se reanude la búsqueda.
«El puño en alto no pide poder, exige silencio para que la vida pueda ser escuchada», fue la frase popularizada por cronistas y brigadistas durante los rescates del sismo del 19 de septiembre de 2017 en México… “La muerte anduvo suelta por las calles, pero la vida se defendió cuadra por cuadra”, fue la exaltación de Elena Poniatowska en su célebre polifonía testimonial frente al hórrido desastre.
