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lunes, mayo 27, 2024

El planeta no nos pertenece

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PENSANDO EN VOZ ALTA

La Vorágine

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El hecho de nacer no nos concede derechos sobre este mundo ni sobre el universo. La naturaleza, que existía antes y seguirá existiendo quizás después de nosotros, no nos pertenece. No somos su dueño y tampoco una especie privilegiada. Los seres humanos somos por el contrario un virus que llegó al planeta Tierra apenas hace un rato —en términos cósmicos— y que lo tiene al borde del colapso.

Nacemos y casi de inmediato nos creemos superiores a los animales y a las plantas. Partimos de la idea de que somos racionales, tenemos conciencia y pensamos y por ello afirmamos sin titubeos que estamos por encima de todas las especies del planeta. Y lo más grave es que nos vamos enfermando paulatinamente cada día más, primero por un nacionalismo estúpido que nos enseña que tenemos una patria, un territorio y un medio ambiente que nos pertenece y que no es de nadie más. Aseveramos que los demás seres humanos tienen el suyo, su espacio y sus circunstancias.

Pues bien. Por fortuna —y es lo que quiero revelarles en esta columna— hay nuevas corrientes de pensamiento que reconocen el grave error en que hemos incurrido desde los albores de la aparición del «homo sapiens» y han aceptado que los demás organismos vivos que existen en la Tierra tienen no solo inteligencia sino también derechos. Los animales y los vegetales han adquirido destrezas y habilidades que apenas empezamos a apreciar y que les han permitido sobrevivir y evolucionar durante miles de millones de años. 

Hemos arrasado con selvas y bosques, extinguido cientos de especies animales, contaminado ríos, lagos, océanos y muchos otros ambientes. Todo esto existía mucho antes de la llegada del hombre y hemos sido precisamente la especie inteligente y pensante la que ha causado tal degradación y desastre.

Una planta es tan inteligente como cualquier ser humano. A través de los siglos aprendió a moverse en función de sus conveniencias, a defenderse de los entornos hostiles, a trepar, a asirse e incluso a atacar. El conflicto ontológico está en que los humanos no apreciamos su lenta forma de actuar. Igual sucede con los animales. Su inteligencia arrolladora ha sido artífice de su evolución y han adquirido facultades y aptitudes que les han permitido poblar el planeta por siglos y siglos y sobrevivir a catástrofes insospechadas. Para lo único que la naturaleza no estaba preparada era para enfrentar a los humanos. 

Estamos cambiándolo todo, el clima, los bosques, los hábitats, los mares. Y siempre para mal. Es difícil encontrar al menos un ejemplo de desarrollos humanos que beneficien al planeta. En un egoísmo sin precedentes estamos matando al mundo para satisfacer una avaricia desmedida, para demostrar una inexistente superioridad, para confirmar que somos los dueños del universo.

Pero la estupidez humana no solo salta a la vista en la relación del hombre con la naturaleza. Es igual o peor consigo mismo. Racismos, xenofobias, terrorismos fundamentalistas, envidias, egoísmos y muchas otras «cualidades» adornan las relaciones entre los mismos seres humanos y su presencia sobre la faz de la tierra. Cuando más lejos creemos haber llegado en el universo, cuando más avanzadas son nuestras tecnologías y mientras más creemos haber alcanzado la civilización, más cerca estamos de la extinción. Y lo peor es que tenemos la capacidad de arrasar con todo, de asesinar la vida, de destruir el planeta por completo. ¡Qué ironía! pensará el universo: en algún lugar suyo existió alguna vez la vida y curiosamente ella misma se aniquiló: entre miles, una sola especie lo logró, la que se creía más inteligente. 

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