Por Andrés García
Durante siglos la lentitud ha sido asociada con debilidad, parsimonia, inactividad, pereza, agotamiento, indiferencia, falta de compromiso y tantas otras expresiones de connotación negativa que, generalmente, menoscaban la imagen de quien piensa lento.
Filogenéticamente hablando, a lo largo de la historia, la raza humana ha actuado de manera rápida, cambiante, para efectos de adaptarse al medio ambiente y, en ocasiones, sus feroces condiciones. Pensemos por un momento cuál era la rapidez con la que el homínido de entonces debía actuar para evitar ser devorado por el tigre dientes de sable, el oso cavernario o las hienas gigantes. Además del fuego por escudo y de las lanzas en madera, el Homo Sapiens debía pensar con rapidez para huir del escenario que amenazaba riesgo y, en ese sentido, su cerebro reptiliano se imponía instruyéndole a actuar con presteza. La premura ha sido considerada una virtud.
Ontogenéticamente hablando, el espermatozoide más rápido es el que fecunda al óvulo, dando inicio al proceso de la vida, al cambio biológico y madurativo del ser y aunque en tan temprana fase de la existencia no se puede aún hablar de pensamiento, la propia naturaleza pareciera premiar la prisa y la celeridad del organismo, entendiéndose este como un todo inteligente. Por tanto, se concluye que pensar de manera rápida se asocia a conceptos como inteligencia, agudeza mental, talento, ingenio y perspicacia.
Disto categóricamente de dicho postulado y debo confesar que me ha tomado años poderlo asimilar. Siempre consideré que quien primero opinaba o reaccionaba frente a un hecho, una pregunta o cualquier estímulo era quien mejor pensaba y, por ende, el o la más inteligente. No necesariamente esto tiene que ser cierto. La prontitud no es equivalente a la excelencia. En ocasiones, puede ser su principal adversaria. Una respuesta rápida, inmediatista, reactiva, en caliente, puede eclipsar el brillo de la verdad, inducir al error y oscurecer el universo del conocimiento, la razón y la justicia.
Para el novelista checoslovaco Milan Kundera, la lentitud “Es directamente proporcional al grado de memoria; el grado de velocidad, es directamente proporcional al grado de olvido”. Socialmente nos programaron para pensar rápido y olvidar. Quizá de allí el origen de tan malas decisiones que individual o colectivamente, tomamos. Tomarse el tiempo para pensar lento, además de signo de madurez, puede llevarnos a la toma consciente de la mejor decisión. *Secretario de Cultura de Risaralda.
