El papel de las redes sociales tras el último terremoto

Por: Rodrigo Tabares Ruiz

 

Las redes sociales se han convertido en la gran caja de resonancia de la sociedad. Allí caben los memes, las cadenas, la publicidad, las opiniones, pero también las noticias falsas, los audios alarmistas y los contenidos manipulados mediante inteligencia artificial. Hace unos años era más sencillo detectar una fotografía, un video o una grabación alterada. Hoy, la tecnología ha perfeccionado esas falsificaciones hasta enfrentarnos a una inquietante realidad: no siempre podemos confiar en lo que ven nuestros ojos ni en lo que escuchan nuestros oídos.

 

Cuando ocurre una tragedia, como el reciente terremoto, la necesidad de información es inmediata. Las personas quieren saber qué sucedió, cuáles fueron los daños, dónde están sus familiares y qué medidas deben adoptar. Antes, esa búsqueda se hacía en la prensa, la radio y la televisión. Ahora, un teléfono celular permite convertirse en testigo, “reportero” y compartir información en cuestión de segundos.

 

Ese cambio tiene enormes ventajas, pero también riesgos. Pereira conoce de sobra la fuerza de los terremotos. La ciudad ha vivido importantes movimientos telúricos, como los de 1995 (6.4), 1999 (6.1) y el más reciente de magnitud 7,4. Sin embargo, hay una diferencia sustancial: el último gran sismo ocurrió en una sociedad hiperconectada, donde la tragedia pudo ser observada y comentada en tiempo real.

Las redes permitieron mostrar daños, solicitar ayuda, ubicar personas y establecer contacto con familiares. Pero, al mismo tiempo, comenzaron a circular imágenes manipuladas, videos fuera de contexto, audios sin verificar y mensajes que anunciaban supuestas catástrofes. El miedo encontró en las plataformas digitales un terreno fértil para multiplicarse.

 

Según el análisis presentado por Alfredo Jones Sánchez, el 78 % de las personas en Colombia ha estado expuesta a alguna noticia falsa durante el último año y seis de cada diez manifiestan preocupación por la dificultad para distinguir entre información verdadera y falsa. En una emergencia, el problema adquiere una dimensión mayor: compartir un dato equivocado puede generar pánico, congestionar líneas de atención o desviar recursos que deberían llegar a quienes realmente los necesitan.

 

Además, el 68 % de la conversación digital se concentró en asuntos críticos como daños, víctimas, gestión gubernamental y ayuda humanitaria. La cifra demuestra que las redes usadas responsablemente pueden ser de gran ayuda para entender la magnitud de una emergencia.

 

Pero informar también implica responsabilidad. En medio de una tragedia, antes de compartir hay que verificar, contrastar y consultar fuentes oficiales. En tiempos de inteligencia artificial, detenerse unos segundos puede ser tan importante como informar rápidamente. Porque durante un terremoto, una mentira viral también puede causar daños.

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