Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Igual que en República Dominicana donde el gobierno construyó un muro para que el Papa no viera la miseria imperante allí, en el Mundial de Fútbol Argentina–1978, la dictadura militar, ayudada por la FIFA, trató de ocultar el horror de los desaparecidos, las torturas, los asesinatos y las prisiones con el slogan: «Los argentinos son derechos y humanos». Para ocultar ante los ojos del mundo la miseria, los militares construyeron un muro en la ciudad de Rosario. La “Villa las Flores” era una zona de las más pobres y pobladas del país, allí donde sus habitantes sobrevivían comiendo ratas. Cuenta Rodolfo Pérez Esquivel –una de las víctimas de la represión–, que los militares construían el muro de día y “los villeros” robaban los bloques de cemento de noche y los escondían para construir sus casas. “La necesidad y la creatividad en la resistencia no tienen límite”, decía.
Un artículo de Eduardo Galeano escrito en 2002, en pleno Mundial de Fútbol, contaba que en 2001 murió Bertie Felstead, el hombre más viejo de Inglaterra. Atravesó 3 siglos (nació en el XIX, vivió en el XX y murió en el XXI) y fue el único sobreviviente de un memorable partido de fútbol que se jugó en la Navidad de 1915. Jugaron allí, soldados británicos y alemanes. Una pelota “venida no se sabe de dónde y rodando no se sabe cómo”, apareció entre las trincheras y ese campo de batalla se convirtió en cancha de fútbol. Los militares arrojaron al aire sus armas y saltaron a disputar la pelota, “todos contra todos y todos con todos”. La magia no duró mucho. Los agrios oficiales recordaron a la soldadesca que estaban allí para matar o morir. Pasada la tregua futbolera, volvió la carnicería. “Pero la pelota había abierto un fugaz lugar de encuentro entre esos hombres obligados a odiarse”.
Las tragedias provocadas por las “barras bravas” han enlutado al fútbol, dejando una estela de violencia, intolerancia, muerte y destrucción. La tragedia de Puerto Saíd (Egipto, 2012), es considerada una de las peores catástrofes en la historia mundial del balompié. Al finalizar el partido, los seguidores del Al-Masry invadieron la cancha y atacaron con cuchillos, espadas y piedras a hinchas del Al-Ahly, dejando 74 muertos y cerca de mil heridos. Durante la final de la Copa Europea de fútbol (1985), en el estadio Heysel de Bruselas, seguidores ingleses del Liverpool atacaron a los hinchas italianos de la Juventus provocando una barahúnda que dejó 39 muertos y cientos de heridos. Aunque muchos fueron agredidos por los hooligans británicos, la mayoría fue presa del pavor. Un terror descontrolado los llevó a aplastarse entre sí y contra las vallas cuando trataban de huir…
La célebre parábola de Anthony de Melo, se hizo presente y con ella, una lapidaria conclusión: no los mató sólo el odio y la violencia… “Los mató el miedo, el heraldo de la muerte”. La transmisión televisiva y en directo del partido de fútbol (6 de noviembre de 1985), entre Millonarios y Unión Magdalena, entretuvo a muchos colombianos que estaban siguiendo, “en vivo y en directo”, la batalla que se libraba en el Palacio de Justicia entre el M19 y el ejército. Se pudo evidenciar así, la “ayuda” brindada por un medio de comunicación al Gobierno. La estrategia fue aplaudida. Muchos la consideraron una cortina de humo que intentaba ocultar aquel cruel genocidio. En la memoria histórica colombiana se evoca este evento deportivo como una de las tramas más sombrías en las que un Estado utilizó el fútbol como herramienta de distracción y manipulación mediática.
El escritor argelino–francés Albert Camus, afirmo cierta vez: «Todo lo que sé, con mayor seguridad, sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol», Sobre la incertidumbre socio–política, en que estamos sumidos, nada mejor que la metáfora del fútbol, en palabras de Camus, para intentar explicarla: creámoslo o no, el balón nunca irá hacia donde esperamos que vaya.
