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jueves, junio 13, 2024

El oficio de escribir

Es tendencia

ÁRBOLES

¿Pecar me hace malo?

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Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Son muchos los lectores que piden desde sus comentarios estultos, triviales y lastimeros que se escriba, unas veces sobre hechos intrascendentes, otras, sobre las fatuas actuaciones de alg?n personaje light extra?do de la far?ndula o del cotilleo parroquiales.

 

Demandan de ellos que hablen sobre la importancia del aire para la respiraci?n o del agua para la navegaci?n; les expliquen por qu? es imposible estornudar con los ojos abiertos, lamerse un codo o toc?rselo con la lengua; por qu? el graznido del pato no produce eco alguno o sobre la forma c?mo se limpian las jirafas sus orejas con la lengua; por qu? los delfines duermen con un ojo abierto y c?mo el hombre o el chimpanc? son capaces de reconocerse ante el espejo; por qu? muchos ?rboles son plantados accidentalmente por ardillas que, al enterrar sus nueces, olvidaron el lugar donde las escondieron?

 

Surge entonces la pregunta: ?por qu? y para qu? escribir? Ernesto S?bato tiene la respuesta: escribir es llegar a trav?s y, muchas veces, a pesar del sentimiento y la raz?n; cruzar el puente y creer que se ha llegado satisfecho de haber dado lo mejor de s? al mundo abierto o cerrado del lector. Escribir para resistir la existencia, superar la dificultad y aceptar el desgarramiento y la ruptura; testimoniar el drama o la perplejidad ante una realidad interpelante y angustiosa signada por el horror, la guerra, la muerte y la soledad. ?Habr? otra raz?n más poderosa para hacerlo? Se pregunta S?bato. Indagar sobre la condici?n humana sumida en el dramatismo del d?a a d?a?para?develar el alcance de la?justicia y la libertad, el signo del coraje y el deber, el sentido de la?vida?y la muerte que tiene para ?este terrible, sucio, noble y peque?o?animal?metaf?sico llamado ser humano?.

 

Este texto escrito hace 30 años y guardado con celo por mi padre, conclu?a que, grandes hombres y mujeres no hubieran obtenido ?xito si no existiera esa gente que consideramos menuda y sencilla; no habr?a nombres famosos si no existiesen esos seres que, desde el anonimato, complotaron a favor de sus c?lebres realizaciones. ?Qu? hubiera sido de Murillo sin sus mendigos; de Picasso sin los pobladores de Guernica; de Brueghel sin los segadores; de Toulouse Lautrec sin sus mujeres de cabaret; de Portinari sin sus negros y mulatos; de Gauguin sin sus nativos tailandeses? Qu? seráa de la ?pera italiana sin sus campesinos, de V?ctor Hugo sin sus miserables y del idealista don Quijote de la Mancha sin su fiel escudero Sancho Panza. Noble tarea la de escribir sobre esa gente sencilla que tiene algo de sol, magia y milagro y seguir creyendo que el mundo est? hecho as?.

 

Escribir sobre esa gente ?com?n y corriente?: el ni?o que abre la ventana para agarrar el sol entre sus manos; el pescador que sale muy temprano con la esperanza de regresar con sus redes llenas; el conductor del autob?s que al nacer el d?a se hunde en el aire gris de la ciudad; el limpiador de ventanas que mira desde afuera la buena vida de los grandes se?ores; el vagabundo en el parque que, para mitigar su hambre, sigue el rastro ?reo de los perros; el reciclador que arrastra su carreta llena de sue?os de hojalata y de papel; el celador de la unidad residencial que vigila con sus cansados ojos el sue?o de los cond?mines; los viejos que esperan en su sill?n de mimbre alguna palabra de ternura que pueda romper y saciar su sed amorosa y su larga soledad? Escribir sobre esa gente que comparte en el parque su pan con las palomas y que, a pesar del dolor, sigue so?ando.

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