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lunes, abril 22, 2024

El médico de a pie, Nacianceno Marulanda y Jorge Grisales Perez

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Hugo López Martínez

Columnista

La imágen clásica del médico de familia era aquella de vestido gris, sombrero del mismo color, cargando el maletin gordo, de cierre y gancho de aluminio, seguido por el saludo de manos, a cada quien reconociéndolo por el nombre, el Don y la Doña, el dulce de colombina para el benjamin de  la casa.

El doctor Jorge Grisales Perez fue un personaje de la vida cívica y cultural de Pereira. Incomparable hombre de anécdotas, simpático y de  memoria asombrosa, parte por parte,  iba enumerando la historia de la ciudad,podía extenderse hasta más allá de las seis de la tarde, si no le requerían sus ocupaciones profesionales.

“ Hugo, antes, todo lo bueno era pecado”, luego empezaba a describir las cosas buenas de entonces, la libertad de caminar y perderse, aprender de alambiques, orientarse por el cigarro encendido en las noches, el temor a la policía que iban detrás de la rabona de los chicos, por orden del alcalde, en el mejor momento de la  recocha.

Leía a los autores españoles, en particular a Azorin y Ortega y Gasset, hablaba con un renovado aire juvenil, esa era la mejor terapia, escucharlo, reir con él, verlo cruzar la calle, sin mirar a los lados, inspirado en su tiempo de atleta, alcanzaba de un pique el andén de enfrente, ante el respiro y alivio del suscripto, parado en la esquina del Soratama.

El doctor Nacianceno Marulanda, con sólo la  mirada y unas cuantas palabras, sabía qué necesitaba el cuerpo del paciente, con esos ojos verdes, propio de los monjes sabios del Tíbet, inspeccionaba el origen del malestar físico, seguía el control del pulso, continuaba con preguntas acerca de la higiene en general, en especial sobre el tipo de alimentación.

“ Mi,hijo, siempre lávese la mano”, le decía al amigo de su hijo mayor Juan Cristobal.

Ciertas horas de la semana, le dedicaba a la cultura cívica, junto al núcleo de personajes- Carlos Drews, Benjamín Saldarriaga, Edilma Escobar y Hugo Angel Jaramillo, entre otros –  en tiempo de Amigos del Arte.

El suscrito recuerda el coche Plymouth, color ocre, largo y grueso, en compañía de Dieguito, Liliana y Alvaro, yendo al Club Campestre, a cumplir la cita de un partido de tenis entre Juan Cristobal y Mauricio Botero. En el volante, en la subida del puente Mosquera a la  Popa, el auto empezó a fallar y el doctor Nacianceno, dirigéndose a los hijos les dijo: “ Quietos, metan la cabeza”. Y así fue hasta llegar a la cancha central, un domingo de sol radiante, horas antes de la vespertina bailable.

Los médico de entonces, eran populares y queridos por la gente de a pie, deportistas y músicos, periodistas y comerciantes, por la fila de familias numerosas.

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